Por Marcos Fabián Herrera
No imagino una existencia que contabilice los deseos y el afecto; que someta la poesía a las mediciones econométricas, y haga de la lluvia y el sueño, imperdibles insumos para la productividad.
Calcular y medir, sopesar y cronometrar, no deben ser las actividades rectoras de la vida.
La metrología y el cálculo, jamás reemplazarán las indescifrables ecuaciones del amor y el deseo. Los procedimientos algorítmicos, en su afán por la precisión y la exactitud, nunca desterrarán los enigmas de la belleza y la oscuridad creadora.
No he sentido nada distinto a la desesperanza y la orfandad, cuando aquella entidad que creí era la benefactora del ocio engendrador de saber, la veo convertida en una gris institución que amarga los días con el anuncio apocalíptico del fin de las humanidades.
La tecnocracia tropical empoderada en Colciencias, cual heraldos aciagos, ha decidido expedir la carta de defunción de las que han sido nuestras ínsulas para resistir el embate de la frivolidad y dotar de sentido el tránsito por la vida.
El pragmatismo demoledor, nos quiere condenar al exilio en el desierto de las ideas, para entronizar las fórmulas y hacer de la crítica gritos en el vacío.
Habrá que traer de vuelta los ateneos peripatéticos de la arcadia ateniense; liberar el pensamiento de las cárceles académicas, y convocar a los insumisos de la rigidez a las ágoras y las plazas públicas. Cuando la poesía es obligada a la clandestinidad, y el pensamiento que cuestiona e indaga, no encaja en los formatos de validación burocrática, resistir y crear, son tareas inaplazables.


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