Comíamos con la mano, sin servilletas ni guantes y no propiamente a mano limpia, por aquellas épocas la frase más escuchada era: “mugre que no mata engorda”

Por: Fernando Gasca
Al acto de comer con la mano no hay que lo supere.
Imagine usted por un instante (o inténtelo si desea) comer un chontaduro con tenedor y cuchillo ¡imposible!; la mejor manera de comer nuestras frutas es con la mano, pelar un banano y degustarlo ¡exquisito!; chupar un mango dulce, obvio, con la mano, pelar una mandarina…
Qué decir de la deliciosa arepa (sea ésta de maíz, arroz, yuca), ojalá con mantequilla, una arepa de huevo, una empanada, un pastel, chicharrón con yuca…agarrar con la mano una deliciosa mazorca a la brasa, hum, o prensar una buena pata de gallina, eso solo es posible con la mano, valga decir un mano a mano fenomenal.
Ahora, donde todo es glamur (los franceses dicen glamour), comer con la mano se está volviendo out, oso peludo, uish. Ni riesgos, recuerdan el viejo dicho: “la gallina y el marrano se comen con la mano”
Bueno y hablando de comer con la mano, qué decir de chuparse los dedos (hoy, eso es impensable), recuerden las épocas en que entre juegos, carreras, escondites, salto de laso, quemadas, trompo, avioneta, bolas de cristal, pasábamos bajo el palo de mamoncillo, nada más placentero que coger unas cuantas pepas y mientras nos buscaban, en nuestro escondite, degustábamos dicha pepa, con chupada de dedo y todo. Las épocas en que de niños, los adultos nos llamaban al “algo” y se aparecía la abuela con una papeleta de gelatina en polvo y corríamos a hacer cola, sin distanciamiento, sin bañarnos las manos, sin guantes de plástico, extendíamos la mano y aparábamos unos cuantos granos del delicioso polvito (por esa época el azúcar no hacía daño, ahora, está más caída que las medias del Pibe Valderrama), nos sentábamos en el piso de tierra y a lengüetazo puro disfrutábamos del manjar, luego nos mostrábamos la lengua, hacíamos muecas y nos reíamos de las lenguas teñidas de rojo, verde, azul o del color (según sabor) que hubiéramos degustado.
Coger con las manos las achiras recién horneadas (cuando aún son mono cochos, antes del tostado), hum, manjar de los dioses; acercarnos a la parrilla del asado y pellizcar una puntica de carne doradita y crocante, que rico. Degustar un pedazo de cuajada fresca en una mano y un trozo de panela en la otra (nada de sándwich, eso no existía); pelar caimarones y sacar la lengua; disfrutar de las adherencias naturales, esa sensación de pegamento del caimo (mi hija, a quien amo en mi silencio mudo, solía decirme cuando niña: “papi, papi, mira puntúa” y me mostraba los deditos pegajosos e intentaba unir y despegar).
Hablando de postres, ¿recuerdan la cola que hacíamos esperando la olla del arequipe?, manjar de manjares, nos pasaban la vasija aún tibia y agarrábamos de las cuatro (estábamos descalzos) en el piso, sentados con la vasija entre las piernas,, con los pies y las manos, primero a chupar y lamer la cagüinga (la cual rotábamos sin ningún pudor, ni temor de contagios, sin asco, con amor y alegría), luego metíamos los dedos y empezábamos a chupar el pegado del dulce tibio, eso terminábamos materialmente metiendo la cabeza, risas y más risas, untados hasta el apellido.
Comíamos con la mano, sin servilletas ni guantes y no propiamente a mano limpia, por aquellas épocas la frase más escuchada era: “mugre que no mata engorda”


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