La historia de José Gonzales, ‘Pepe’, es una oportunidad para acercarse a la música y los sueños que se hacen realidad. Gracias a la crónica de Katherin Arévalo Alonso, un viaje a uno de los grandes protagonistas de “Bourdelle”, reconocida banda de Pop Rock Latino.

Por: Katherin Arévalo Alonso
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Cuatro y media de la tarde, hora donde el sol pisa fuerte, el termómetro de la desgana está en su máximo punto y las calles se encuentran tan despobladas como día de enero. ‘Pepe’ tiene una de las muchas presentaciones que nunca imaginó que podría llegar a dar y muchos menos en tan poco tiempo. Un aire de juventud, rock, libertad y amor, son los que rodean frecuentemente a este joven que parece ver y sentir únicamente a la par de la música.
Lo conocí en años de colegio, en tiempos dorados, recuerdo que cuando llegó era un chico callado, amable y algo tímido, pero que con el tiempo se fue acoplando a lo que éramos nosotros. Fue solo cuestión de semanas para que todos empezaran a tomarle cariño, pues era uno de esos estudiantes aplicados que a la vez no dudaban en decir sí a cualquier travesura contra algún compañero, o, en el mejor de los casos contra algún profesor que no pasábamos. Fue precisamente en el Hispano Inglés donde empezó a regarle agua a las raíces de ese talento, era él quien tocaba en los distintos eventos que se realizaban a lo largo del año, era él, el mismo que nos despertaba del tedio profundo de las espontáneas eucaristías que el rector se inventaba cada tanto.
Bien decía Bob Marley que cuando llega la música los problemas se esfuman, y es precisamente lo que le pasa a José Gonzales cada vez que sus dedos rozan las teclas de su piano formando todo un espectáculo, un show que al parecer le va a durar toda la vida. Y es que quien lo ve hoy en día, subido a una tarima, con la emoción a mil, no se imaginaría que a este chico de 19 años el Do Re Mi antes no le sonaba. Y muchos menos que fue así como pudo lidiar y distraerse de dos pérdidas significativas: la de su padre y la del amor de su vida. Aunque irónicamente puede la música convertirse en la ruta de los recuerdos.
No nació precisamente con esa pasión por la música y todo lo que ella desborda. A la edad de seis años fue prácticamente obligado por sus padres a tomar clases de piano, le tomó siete años más para que en él creciera esa raíz que lo llevaría a ver con otros oídos lo que era capaz de hacer. A sus 14 años ya sabía de memoria las canciones de una de sus bandas favoritas, Coldplay, “allí empecé a refugiarme”. A esa misma edad –y sin darse cuenta- también se estaba tatuando un amor, que al igual que la música, le llegó muy fuerte, a profundo y mucho más. Esa banda británica de pop rock fue el puente que lo llevó a los grandes amores de su vida: su adorada música y su amada Paula.

Fe en la música, en el talento
Antes de conocerlo ya había hecho sus primeros pinitos en una Iglesia donde ‘el dios pasó a ser él’. Fue justamente allí donde aprendió nuevas técnicas gracias al maestro de la parroquia, quien tenía puesta toda la fe en él. Un año más tarde, decidió pisar fuerte en el conservatorio, donde a las ganas se le sumaron la disciplina y la constancia. Sus tres armas letales.
Pausa. Aquí las teclas dejaron de sonar. Después de estar dos años allí, aprendiendo y subiendo, tuvo que verse obligado a bajar el telón y empezar a buscar una “carrera seria”, capaz de darle lo que tal vez, la música no podía. Fue así como decidió instalarse en la fría capital y empezar a estudiar un pre médico, pues uno de sus sueños –aunque fugaz- era poder llegar a ser un gran doctor. Fracasó -¡y qué alivio!-, no logró ingresar a la universidad que anhelaba, pero siendo el optimista que nunca se ha dejado caer, optó por Ciencias Naturales en la Universidad Surcolombiana, una vez más, ese no era su lugar.
Por casualidades de la vida y como suelen llegar las mejores cosas, apareció una propuesta para ser parte de la banda de heavy metal “Archilus”, la cual sería la encargada de llevarlo por el camino soñado. Allí duró un buen tiempo y sospecho que el género que allí se tocaba tuvo bastante que ver, pues ‘Pepe’ siempre se ha inclinado por algo más suave, al final de cuentas pudo sacar provecho de aquello para hacer más peso en su “hoja de vida”. Fue así como empezó a frecuentar en los toques y a ganar más reconocimiento por parte de diferentes personas que se movían entre todas esas luces. Tiempo después, “Archilus” cambió de dirección y la banda quería probar con un género más suave, el rock, con esa propuesta los mismos integrantes parieron un nuevo nombre, “Mañana le digo” que luego pasó a ser registrado como “Sentido Contrario”, una vez bautizados deambularon por colegios interpretando canciones de Maná, Los Abuelos de la Nada y por supuesto de grandes como Soda Stereo. Pero ‘Pepe’ no se sentía lleno, “me exasperaba el hecho de que no saliéramos de colegios, de ir siempre a los mismos lugares y no hacer presentaciones grandes, que valgan la pena”, quería escapar de aquello y dar un paso gigante, andar de gira como el sol, dando vuelta por el mundo, y el mundo –para él- cruzaba los límites de aulas de recreo y llamados de vez en cuando.

Ruta de los sueños
La vida, sonriéndole, le llevó a quien sería una pieza clave para seguir en la ruta a los sueños, Santiago del Castillo, dueño de un ensayadero que empezó a ver en él lo que vibraba: talento. A partir de ahí, este muchacho con cara de “yo no fui, pero puedo serlo” despegó como ninguno, no sólo ya viajaba a distintos lugares a tocar sino que ya recibía dinero por hacerlo. Fue en ese preciso instante, en ese abrir y cerrar de ojos, cuando se sintió por fin posicionado, reconocido, “la cosa se pone más seria y ya es otro nivel” comenta.
Uno de esos viajes fue a la capital, esta vez hacia parada en la fría Bogotá para hacer lo que verdaderamente le estremecía el alma. Allí hizo parte de las famosas bandas tributo, las cuales se encargan de homenajear distintas estrellas de la industria musical tales como The Smiths, Iron Maiden, Radiohead, Led Zeppelin, Evanescence, entre otros. Como si una cosa llevara a otra, en una especie de escalera al cielo, conoció al baterista de “Bourdelle”, reconocida banda de Pop Rock Latino que poco a poco se ha ido posicionando entre las favoritas del público. Recibió una propuesta de ser parte como teclista, entró, se quedó y fue ahí donde encontró todo: las ganas de expandirse, el reconocimiento, la estabilidad y los parceros. En pocas palabras y como los ve él, “una familia leal, un lugar en donde no sólo se va a tocar sino donde también se vivencian diferentes experiencias, que van desde lo musical hasta lo personal”.
En “Bourdelle”, junto con sus cuatro compañeros ha visitado distintas partes del Huila donde han sido acogidos de manera sorprendente, es como si la espera y tanto esfuerzo estuvieran dando por fin sus frutos, y realmente bien merecidos. Tienen presentaciones cada ocho o quince días y cada una de ellas las disfruta como la primera.
Ahora, ya no estamos en aquel salón donde solía contarme, en un idioma que yo no entendía, la manera en cómo se aprendía un listado de canciones en tan solo un día, pero tal vez los años no han hecho de las suyas y verlo subido a esa tarima me lo confirma, pues lleva la misma sonrisa de niño que ponía al expresarme la dicha que sentía cuando sus dedos y manos no fallaban en alguna interpretación después de intentarlo una y otra vez, el fulgor de sus ojos sigue siendo el mismo de hace cinco años y conociéndolo bien seguirá así por los próximos diez, quince o cincuenta años. La última cifra en honor a él y su “piensa en grande”.