Por Marcos Fabián Herrera
Lo vimos solitario librar una batalla, que a juicio de muchos, era un acto suicida para quien se inicia en el árido ejercicio de la política. En el soporífero recinto de los bostezos, las panzas fofas y la avidez clientelista, realizó un debate que nos hizo advertir que aún existen hombres que creen que el argumento importa más que la arenga, y que la democracia abreva en la fuente nutricia del ágora griega.
Como corresponde a la pequeñez parroquial de esta aldea sureña, el abucheo y la estridencia se sobrepuso a la razón. El acusado se acompañó de su séquito para exigir los aplausos en el punto final de cada bravuconada; mientras el indagador se reducía a jirones en las fauces de los leones del coliseo romano. Como en la sentencia borgiana, la derrota de Mateo tuvo una dignidad que la ruidosa victoria del crustáceo no mereció.
Ahora, que la justica compensa el esfuerzo de quien investigó el entuerto, nos hemos convencido que cuando los buitres cantan al unísono, la fetidez emana del bolsillo de quien suministra el alpiste. Los libretos de las defensas estomacales se escriben sobre papel de chequera.
Si Neiva se quiere reinventar y hacerse altiva en la reconstrucción del anulado pacto ciudadano, debemos ser coequiperos de la labor de Mateo. Su fuerza no radica en los cócteles del poder ni el padrinazgo de millonarios. En la calle, en las academias; en la fuerza creadora de los excluidos y los indignados, Mateo ha de encontrar los secuaces para su cruzada ética.


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