Por: Edwin Tamayo Peña
Nuestra finitud una vez más se hace gráfica en cada objeto, todo nos recuerda que nadie resiste a la línea del tiempo y al final de cada segundo por una u otra razón alguien muere. La única luz que ingresa de la calle desierta, abandonada y a merced de su propio ser, lo hace por una pequeña hendija en un extremo del apartamento que no había evaluado a detalle. Tres líneas disímiles la forman y por segundos que los números no logran definir la luz llega, un suspiro hace ofrenda a una vida que deja de serlo.
No logro conciliar el sueño, preguntas interminables llegan y el cuerpo comienza de forma asimétrica a buscar una posición, un pie sobre el otro, brazos arriba o abajo, dos o una cobija, para un lado para el otro, la almohada, nada es satisfactorio hasta que en algún segundo el cuerpo es vencido en la interminable lucha por despertar.
Lo que sucede con frecuencia absurda es el por qué no recuerdo la razón del encierro que nos ha liberado de la rutina esclava al desenfreno personal que se hace de igual forma esclavo. Permanezco encerrado en esta habitación oscura, con un clóset viejo que conserva por algún singular motivo un olor sin rumbo, camino y vagabundeo el espacio donde vivo que cada vez se hace más pequeño, siempre lo hago pensando en llegar a un nuevo destino. A veces, observo como en lo armonioso de la cocina las grandes aventuras juegan a entrelazar cada segundo, y al final de ese intento de ficción una enorme suciedad ha hecho metástasis en cada segmento. También me he desvanecido en un concierto que vocalizan los mosaicos del baño y en el cual un artista del baile, enfermo, cubierto por un sin sabor zapatea de forma que la sonoridad lentamente se hace caos y el vacío apremiante llega. Es muy probable que no sea un samán el viaje que me simboliza el ejercicio de limpiar la suciedad del piso y de la vida, sino un higuerón que me recuerda lo complejo y fuerte que tiene cada elemento, aquella tosca e insondable raíz que a todos no sentencia a un cementerio de origen estricto.
La ficción del encierro en la que permanecemos sumergidos nos promete el objetivo de salvarnos la vida. Somos en cuanto que estamos en la polis, esta configuración de ciudad rodeada por un aislamiento que nos enfrasca en la necedad. No obstante, la mayor contribución que podemos hacer es esta: negarnos a la huida del ser a la calle condenada. Son muchas las cosas que no tienen un concepto; realidades que carecen de una palabra que logre definirlas y quizás la pandemia no es la excepción, incluso cuando nos sumerge al entorno de las sociedades contractuales en donde dar es recibir y recibir es dar, todo siempre en la espera de algo.
Es probable que lo único que vence a la soledad es la escritura, incluso si “el escritor escribe fetideces” como afirmaba Kafka. ¿Y para qué todo? ¿Por qué de esta forma? ¿Cuándo realmente inició y cuándo terminará en caso de tener fin? En estos tiempos de dioses desatendidos, en este preciso momento de ciudad, en el cemento sediento; un sol que no llega al borde de la noche… La prueba epidémica disuelve la razón, obligando a los sujetos al mundo medieval del misticismo, profecías y maldiciones. Y entonces me pregunto nuevamente: ¿por qué afirman que somos mejores en el desarrollo de la crisis? ¿Por qué los dioses una vez más nos abandonan complacidos de la intrínseca necesidad de perecer del hombre? Y mientras espero las respuestas y le consigno a la calma su cheque, queda expuesto en la luz extinta de la hendija lo insólito, inaudito y el escándalo de que nada nos hará mejores seres humanos.
El reloj de mi mano ha dejado de trabajar, la hora paralizada marca las 5:15 p.m. del viernes 10 de abril de 2020. Los sonidos se disminuyen en el hediondo, pero tolerante espacio desde el que escribo.


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