Por Marcos Fabián Herrera
Pocas aficiones gozan de un favor tan copioso como la que despierta el fútbol. Ebrios de emoción, las hordas de fanáticos desfogan energías en el respaldo tribal a su equipo. Uniformados y convertidos en técnicos detrás de una pantalla, pontifican, maldicen y controvierten. Los hinchas, humanos transmutados en guerreros cerriles, abuchean, vitorean y azuzan a 11 jugadores con una responsabilidad suprema en sus piernas: satisfacer, con las reglas instintivas del juego, a millares de autómatas ávidos de goles.
Con una alienación sistemática apabullante, el fútbol llena los vacíos de seres incrédulos expuestos a la orfandad de las ideas. Cada gruñido, improperio y frase altisonante, es convenido como el mantra colectivo que le exige a las marionetas del balón, franquear la línea que señala la invasión en el predio antagonista.
Doctrina de las multitudes, los gobiernos acuden al fútbol para distraernos de las torpezas verbales tan recurrentes en Anapoima, de los sinsabores de los nuevos impuestos, de los exiguos resultados en aportes al conocimiento y del bostezo de la hambruna que se confunde con un grito de celebración.
Narcotizados, los colombianos nos bautizamos gregarios y patrioteros, en las barras bravas que nos ilusionan con pírricos triunfos ante nuestras inveteradas derrotas en la ciencia, el humanismo y la educación.


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