Una educación en consonancia con los desafíos de la Colombia actual, debe, antes que disciplinar con manuales, provocar con audacia el florecimiento de los talentos

Por Marcos Fabián Herrera Muñoz
Quienes se reclaman herederos de la tradición pedagógica autoritaria, y exhiben con impudor y orgullo las cicatrices causadas por la regla y el perrero, ocultan, de manera deliberada, el fracaso del modelo que condujo a Colombia a la debacle moral del siglo XX. Los mayores, deben explicar cómo sobrevivieron a un modelo educativo que se construyó sobre el poder, que concibió la docencia como un ejercicio de autoridad y replicó en el aula las perversiones de un país enfrascado en la confrontación fratricida más prolongada del hemisferio occidental.
La escuela, que debe enaltecer la solidaridad y explicar los enigmas del arte y la belleza, convirtió los salones en reclusorios para anular talentos y desconocer virtudes. Antes que estimular las capacidades ocultas que el estudiante atesora, el discurso de la superioridad moral y el conservadurismo religioso, acentúo en los jóvenes el apocamiento y el temor.
Es por eso que proponer reformulaciones de las didácticas manidas del pasado, o erigir en modelos prácticas excluyentes y clasistas, no deja de ser una cantinela nostálgica de quienes fueron incapaces de entregarnos un país fraterno y creativo, y en cambio nos legaron un pueblo azuzado por los odios de los caudillos y la orfandad ética de las empresas espurias.
Una educación en consonancia con los desafíos de la Colombia actual, debe, antes que disciplinar con manuales, provocar con audacia el florecimiento de los talentos. Es inaplazable, para curar el olvido de nuestra tradición creadora, reconciliar la lúdica y el cuerpo y desentrañar la génesis de las grandes obras de nuestros cultores.
Con la recuperación del asombroso magisterio verbal y la hondura interpretativa de Estanislao Zuleta; del rigor investigativo y mecanismos reveladores del país rural de Orlando Fals Borda; de la universalidad y erudición de Danilo Cruz Vélez, y de tantos hombres de ciencia y conocimiento que la escuela colombiana ha ignorado en su impaciente e infructífero camino de traspiés y reveses, podemos encontrar la fórmula humanística para repensar la enseñanza.
Son estos los nombres que debemos traer del pasado para convertirlos en seres vivientes gracias a sus libros. En ellos, es probable encontrar la sabiduría escondida por la amargura de los nostálgicos y la rudeza de los catecúmenos.