Dijera lo que dijera ninguna IA osaba poner en tela de juicio lo que opinara en su condición de “metomentodo”, hasta los duelos de las comadres se ventilaban en su presencia…

Por: Fernando Gasca
En el país del Eneó, el otrora presidente, quien siempre soñó con la dictadura democrática, añoraba los tiempos en que las gentes acudían a las puertas de su hacienda a pelearse las migajas de su opíparo desayuno; suspiraba, recordando las genuflexiones de los que él en privado, (y en su propio lenguaje) denominaba “buscalavidas”, “lambeladrillos”…
En otras épocas, cuando lo buscaban para imponer sanaciones, para servir de padrino de cuanto “pechiblanco” le diera por reproducirse. En esas calendas cuando él y solo él, se consideraba y lo hacía pregonar “el mandacallar de la región”, extrañaba los Consejos Comunales, unas reuniones en donde el actuaba como amo, dueño y señor, allí se comportaba como el “ángel benefactor”, dijera lo que dijera ninguna IA osaba poner en tela de juicio lo que opinara en su condición de “metomentodo”, hasta los duelos de las comadres se ventilaban en su presencia…
Con el paso del tiempo y luego de vivir varios lustros con el poder en la sombra, olvidaba que quien fungía como mandamás era uno más de los “monicongos pintados en la pared” de los que él había dispuesto que fuera, aunque no lo fuera.
Allí, en la sombra, olvidaba tomar sus balsámicos y al calor de un café cerrero se le salía el “cargaoetigre” y él, con esa naturaleza de “sangripesado” tronaba a llamar a sus abogados, en particular a aquellos especialistas en “levantatestimonios” y maestrías en “mentiras verdaderas”; así las cosas, sin ningún reato, algún día asomó al balcón, cual papa en su plaza mayor un domingo día del redentor crucificado y haciendo énfasis en el amor a la patria, al sacrificio impuesto por Dios y la Virgen, invocando la bondad, sinceridad y empatía de su padre, sumado a la paciencia, gratitud y perdón de su eterna compañera; más la humildad, que él pregonaba como su mayor virtud (acá hacía pausa, tornaba sus ojitos de seminarista tras sus finos lentecitos, suspiraba, carraspeaba y continuaba), mi humildad característica (repetía), responsabilidad y solidaridad para con mis seguidores, “hombres y mujeres de bien”, probos, rectos, prístinos, incapaces de hacer o pensar en contra de los electores, lanzó su nueva proclama “La única posibilidad que nos queda es aprobar una amnistía general”


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