Por Marcos Fabián Herrera
Admiro a los díscolos; a los incómodos y los blasfemos. Por ellos, el mundo sabe del saludable cambio en el clima espiritual de los pueblos. Gracias a las mentes parturientas de ideas de estos rebeldes, los dogmas se desvanecen y las jerarquías se esfuman. Antes que psicólogas cantinflescas guarecidas en armaduras oxidadas, esta provincia domeñada por pastores anacrónicos y políticos ignaros, necesita de febriles polemistas.
Un profesor de filosofía, me informa mi amigo Faber Silva, se ha convertido, en la cuna del conservadurismo y el dogmatismo clerical, en un indeseable hereje llevado al patíbulo del escarnio público. Mi ligera indagación, reporta que el osado docente es egresado de la Universidad de San Buenaventura. Acompañado de estoicismo franciscano, el profesor Miguel le ha tomado el pulso al villorrio en el que confesar de manera pública la incredulidad por la teología ultraterrena, es un pecado. Con la polémica que ha desatado, ha demostrado que Garzón es un pueblo medieval; que la capital diocesana, al igual que lo hizo con José María Rojas Garrido y otros aviesos iconoclastas, sigue siendo un desierto intelectual con rostro de falsa hidalguía.
Luego de conocer el episodio, merecedor de una página memorable en la historia de la inquisición del conocimiento, manifiesto mi admiración por el osado pedagogo de la filosofía. Siempre ha sido mi aspiración que algún día los aprendices que asisten a mis clases, polemicen por obra de las lecturas sugeridas; controviertan con certeros argumentos a las autoridades e indaguen por la existencia de los sistemas heredados.
Desde el osario de los apóstatas, Séneca, Giordano Bruno y Galileo Galilei; y desde mi escritorio en Santa Inés, este aspirante a profesor de filosofía, aplaudimos y brindamos solidaridad al valiente docente del Simón Bolívar de Garzón, que hoy estornuda con sorna por causa del incienso parroquial que asfixia las ideas.


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