Por Marcos Fabian Herrera
Especial noticiasalsur.co
Rumichaca se encontró con San Pedro a la vuelta de una esquina, en lo que parecía los extramuros del cielo. La aureola del apóstol de Jesucristo y primer jerarca de su iglesia, lucía desvencijada y opaca. La voz rugiente de quien había sido la piedra fundacional del clan apostólico, ahora no era más que un murmullo inaudible. El báculo, emblema de la templanza y símbolo natural de la jerarquía, se había convertido en un endeble chamizo. Con una tonada de alegría, el viejo coplero Neivano le preguntó a San Pedro porque lucía tan frágil y con la túnica hecha jirones. El barbudo patriarca celebrado en las tierras del Huila en el solsticio de verano, durante los últimos días de junio, conteniendo el llanto y los jadeos, le contestó a Rumichaca que lo avergonzaba la fiesta que lleva su nombre: No es más que un bazar del ruido y el embrutecimiento colectivo. Me tributan con reinados embebidos de competencia y arribismo. El antiguo solaz campesino de la fraternidad, hoy es un tumulto de la estridencia y una turba de la hostilidad. Mis penas no se logran ahogar en las aguas contaminadas del malecón del Magdalena en el que el curtido Juan Bustos afincó su barca. La adversidad que padezco obliga a los lugareños de la provincia de mis afectos, a reinventar el desgastado festival para no convertirme en un santo pagano que ve su nombre pisoteado por la comercialización y el desgreño. Hoy soy una corporación; mañana seré un ilustre difunto en el purgatorio. Después de la respuesta, San Pedro se marchó con la cabeza gacha y andar lento.


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