Quien hoy reparte coscorrones como feudal a sus vasallos, no heredó la bonhomía de su abuela Cecilia de la Fuente de Lleras, gestora del ICBF y del concepto de paternidad responsable en la republiqueta de hijos bastardos y padres irresponsables.

Por Marcos Fabián Herrera
Por las historias palaciegas de las monarquías, sabemos que las virtudes de los ancestros no siempre se heredan en la descendencia. Los linajes de los apellidos ilustres, en algunos casos niegan las cualidades, que bien sea cultivadas por las pacientes institutrices o transmitidas por el vívido ejemplo de los mayores, son la impronta y el portaestandarte de la finura aristocrática. Quienes fueron a Europa y regresaron con el fin de atender el designio mesiánico de gobernar estas indomables huestes de hombres montaraces, por los yerros de la genética, también procrean engendros.
La genealogía se remonta a don José Félix de Restrepo. El seminario mayor de Popayán, hoy Universidad del Cauca, presenció como este hombre nacido en Envigado, con las armas de la razón y los conceptos de la ciencia, luchaba por librar del oscurantismo a las mentes de quienes escuchaban sus magistrales sesiones. A él debemos que febriles discípulos, que luego fueron próceres, se hayan contagiado de la ilustración para después emprender la cruzada libertadora. Francisco Antonio Zea, Camilo Torres y Francisco José de Caldas, fueron algunos de ellos. Don Félix, con sus ideas abrevadas en las fuentes del enciclopedismo francés, encendió la chispa emancipatoria en la escolástica Popayán.
De don Félix, desciende Carlos Lleras Restrepo, tercer presidente del frente nacional y padre de Clemencia Lleras de la Fuente. Casada con el abogado Germán Vargas Espinosa, ésta última, fue una mujer portadora de los atributos endémicos de las familias de la aristocracia santafereña. Amante de la perfección en la vestimenta y la pulcritud estética, conjugaba en sus decorados las florituras francesas con la elegancia propia del estilo inglés. Los tres retoños resultantes de este matrimonio fueron José Antonio, Enrique y Germán. Tres esquejes dispuestos a anular la distinción y la clase, la sindéresis y el decoro, con el fin de satisfacer sus tres irrefrenables pasiones: el dinero, los toros y el poder.
Quien hoy reparte coscorrones como feudal a sus vasallos, no heredó la bonhomía de su abuela Cecilia de la Fuente de Lleras, gestora del ICBF y del concepto de paternidad responsable en la republiqueta de hijos bastardos y padres irresponsables. Quienes lo han visto comer en privado, comentan que gusta en blandir sus molares e incisivos cuando sus fauces dan la primera señal de hambre en las correrías por provincias y veredas. Lo que indica que también fue refractario a las lecciones de buena mesa y cocina de su madrasta Ana Gómez de Vargas. No lo toleró la señora Umaña Sierra, quien endosó el pesado encargo a la distinguida dama Zapata. Sin resultado tangible de los periodos de desintoxicación vividos en las playas del mediterráneo, sólo en El Salitre, la ancestral hacienda de Bojacá, al recibir las admoniciones de tías, hermanos y adláteres, hace catarsis mientras calcula los votos que el pueblo habrá de tributarle a punta de empellones y coscorrones.