Segunda parte de la historia de Juan del Río: DE CURA A PROTESTANTE Y DE PROTESTANTE A CURA: «En el Polo Norte quise matarme pero no encontré escopeta ni oso que me tragara».

Por Juan del Río.
Especial

La noche siguiente, luego que el novel curita celebrara su segunda eucaristía, se reunió con Sebastián para contarle sus correrías y aventuras por el mundo. Destaparon media botella de aguardiente, y la película arrancó como volador sin palo: “Como usted bien recordará, los muchachos cuando terminaban la primaria se quedaban con lo poco que habían aprendido en la escuelita por falta de colegio; entonces con mi tocayo Luis Calixto, nos dimos a la titánica empresa de fundarlo en una casa quinta abandonada. Arañando por todas partes para lograr equipar al menos un par de aulas y la oficina para la administración, matriculamos y empezamos a funcionar y a trabajar gratis. Ya con cara de colegio, a los dos años, la Secretaría de Educación nos lo aprobó, y nombrando profesores quedó oficialmente constituido. Hasta ahí todo iba bien; lamentablemente la cuña del mismo palo nos hizo daño. Algunas gentes, de las que no deben faltar en los pueblos, empezaron a criticarnos de la peor manera hasta el punto que nos vimos obligados a renunciar de la empresa que con tanto esfuerzo habíamos creado. Calixto se fue para su casa, y yo para la de mis tías. Metí mis trapitos en una caja de cartón y tomé bus para Bogotá; llegué a donde mi hermano periodista, le conté la historia y me sugirió viajara a los Estados Unidos, país de las oportunidades; así que con unos dolaritos en el bolsillo, arranqué. Estando en la gran manzana del mundo, y trabajando por horas, lavé baños, brillé salones, cuidé ancianos, arrumé platos y mesero en varios restaurantes. Desesperado con esa vida que llevaba y que no era compatible conmigo, me fui para el Canadá y estado allá arranqué para el Polo Norte; allá, la verdad, quise matarme pero no encontré escopeta ni lobo que me tragara”.
“De regreso a New York me encontré con una gringa, bonita ella y hablaba muy bien el español, nos hicimos amigos, y como yo no tenía a dónde ir y menos para pagar hotel, ella me llevó a su apartamento; nos cuadramos, tuvimos una niña, y como era hija de un pastor evangélico, dueño de iglesia, hizo que yo también lo fuera; entonces en una ceremonia especial, renuncié a mi fe católica y me hice protestante. Luego de haber oficiado algunos servicios en el templo de mi suegro, me enviaron a evangelizar a las Antillas Holandesas donde la niña se enfermó, se murió y la gringa se perdió. Viéndome solo metí en una bolsa los pocos trapitos que tenía y salí para Francia rumbo a Paris. En ese país cambia mi vida y nace otra historia”
Juan del Río


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