Por Juan del Río

Cuándo en Sebastián, el de “Suegro sin Yerno”, afloraba la musa de la composición, en Omar, el peluquero del pueblo, ya le sonaba  la flauta como cantante romántico, bohemio y baladista de los 60. Era el niño querido del Marillac,  porque con esa  voz fresca y cadenciosa  de jilguero, no era para menos;  mientras tanto Sebastián apenas empezaba a componer sus primeras canciones con la esperanza que se las cantara el peluquero. Buscó entonces hacerse su amigo  con el fino pretexto que le cortase el pelo, oficio que ejecutaba a barbera limpia, amolada en una curtida cinta de cuero, en la sastrería y barbería de Hubertino, personaje que para sacarse el clavo por la pilatuna que le hubiera hecho un cliente, cuando éste llegaba a solicitarle corte de pelo, de inmediato lo sentaba en la silla y con  pulidora manual le rasuraba media cabeza y dejándolo así salía para la galería, supuestamente  a comprar la carme. Por supuesto el cliente se aburría y le tocaba a Omar arreglarle  la trasquilada, porque Hubertino no volvía.

Los sábados en la tarde, Omar, nuestro amigo peluquero, aforaba sus mudas de ropa usadas en la semana, y con ellas a la espalda salía rumbo a un brazo del rio, que bordea la isla, y con jabón en mano se dedicaba a lavar, empezando por los calzoncillos. Hasta ese punto llegaba Sebastián, guitarra en mano y desde la orilla empezaba a enseñarle letra y música de la canción que había compuesto, mientras el veterano jilguero azotaba sus prendas contra las piedras que había colocado para sacarles la mugre. Ya “cuándo el jabón no lava más”  salía a la playa a dejar las prendas  secando al sol, y para con Sebastián acomodar las voces en el formato de tenor y barítono. Aprendida la canción y ensayadas otras, por la noche aceptaban la invitación que les hacía el doctor Llanos para tertuliar al calor de abundantes copas de brandi Napoleón. De ahí salían, y con el indio Alfonso Liz, excelente puntero, empezaban  a dar serenatas  y a llorar la borrachera bajo la fronda de la  ceiba que arropa el parque. Lo tierno de estos momentos de tertulia y bohemia, es que mientras Omar y Sebastián lloraban, Alfonso les hacía trio con los  pucheros.


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