Compartimos una historia, de la vida real, que en la pluma del escritor Juan del Río, adquiere una dimensión cultural especial.

Por Juan del Río
Especial
IN ILLO TÉMPORE: en un pequeño pueblo, de casitas de bahareque techadas con tejas de barro y pintadas con cal, calles empedradas, algunas en regular estado de conservación, y una babilla que permanecía nadando en su laguna, habitado por gentes humildes, laboriosas e ingenuas, dadas a la agricultura, producción y venta de gelatinas de pata, empanadas y bizcochos de achira, cada domingo tenían que soportar la indolencia de dos holgazanes, hijos de papi y mami, enseñados a recibir todo sin ofrecer absolutamente nada. Tenían como ritual emborracharse cada domingo y ponerse el pueblo de ruana, tal y como les diera la infinita gana. Entre las pequeñas travesuras, según el decir de su señora madre, era entrarse a las cantinas montados en sus alazanes, y con perrero en mano sacar a quienes ahí compartían. Además de estos inocentes divertimentos, cuando no bajaban del campo sus caballos, se peleaban a matarse, luego de ofenderse políticamente: el hermano liberal a romperle la cabeza a piedra a su par conservador y éste a rompérsela a punta de trompadas.
El alcalde, un tozudo militar en uso de buen retiro, que no se la dejaba montar de nadie, este par de picarillos si se le habían encaramado y lo tenían hasta la coronilla. Con las multas nada que ver porque siempre las pagaban oportunamente, así cada vez fueran más altas. Esos dineritos salían de la lechería y de las ventas de café. Entonces les suspendió las multas y los obligó, primero, a traer al municipio dos o tres volquetadas de piedra. La sanción se cumplía y los pequeños angelitos continuaban con las suyas. Los conminó entonces a traer igual número de carga en arena de río, y los bebitos poco o nada les importaba. Como en el pueblito había muchas obras por hacer y los recursos no alcanzaban, al final de esta borrachera los sancionó con el suministro de treinta bultos de cemento. Trajeron la tonelada y media de dicho material y contrató a un maestro de obra para que los dirigiera en el arreglo de algunas calles y andenes, que se encontraban en mal estado. Este fue el peor castigo que debieron recibir y cumplir calladitos la boca. Los ocho días de trabajo y de compromiso los hizo cambiar para nunca más volver a molestar. Se les acabaron las borracheras y comenzaron a respetar.


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