Una historia verídica y muy fuerte nos comparte Juan del Río:LA AGONÍA DEL COMPOSITOR

Por Juan del Río.
Especial

A Juan del Río le han sucedido las mil y unas cosas: se desdobló y asistió a su propio entierro. Durmiendo sobre un arrume de cajones amortiguados con cartones y periódicos viejos, se vio enfermó y murió. Levantado el espíritu de tan mullido lecho, con tristeza contempló los despojos, pálidos y sudorosos de su amado cuerpo. Cubierto con túnica de impecable blancura, se inclinó hacia el cadáver y con suma reverencia lo besó en la frete. Salió a la calle y sin tocar el piso se fue deslizando hasta llegar a las turbias aguas de un río e ingresar al jardín de los naranjos. Por la puesta del sol serían las once, y preocupado buscó el sombrío de uno de esos árboles para pensar en la angustia de su esposa y saborear el jugo de la naranja que había tomado. Volvió al pueblo y encontró al cadáver empacado en un cajón, astillado a la altura de la cabeza y alumbrado por cuatro cirios. Regresó al jardín hasta el doble de campanas, hora de los funerales. A las tres, las escuchó y de inmediato, cruzando el río, y se mezcló con el cortejo: diez chiflamicas interpretando la marcha fúnebre, dos camionetas- estaca- y no más de treinta invitados. ¡Qué entierro tan miserable! se dijo; pero bueno… si no hay más: con mi mujer me acuesto y fue entrado a la iglesia. Se sentó en la primera banca para no perderse el menor detalle. Encaramaron el cajón sobre los burros de marras, y el sacerdote empezó la homilía, diciendo: “Estamos despidiendo a un gran hombre, hombre de fe, excelente amigo, padre y esposo ejemplar…” No había terminado el sacerdote de decir esas bellas palabras, sobre su amigo, cuando un par de viejas, que estaban detrás del fantasma, comentaban: “Ay no mijita: yo que lo conocí, era perro, músico y mujeriego. Cómo sería el modo de sufrir esa pobre esposa. El cura lo alaba porque le alcahueteaba y le conocía todas sus pilatunas, yo que lo conocí”. Al escuchar esos crueles embustes, el fantasma las miraba de soslayo y se reía.
Al terminar la ceremonia, el fantasma de Juan del Río salió corriendo para el campo santo a buscar la bóveda donde sería enguacalado, pero no la encontró; solo vio a lo lejos un arrume de tierra y un hueco recién cavado. Ese va a ser el lugar de mi última morada y allá se encaminó. Cuando llegaron con el mortango, Juanito se plantó al borde del hueco; los sepultureros los bajaron con dos lazos y al momento de arrojarle la primera palada de tierra, el fantasma tomó un puñado y se la arrojó a la altura de la cabeza. Al punto salió del trance bañado en sudor y lágrimas
Juan del Río.


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