Por Marcos Fabián Herrera Muñoz

Era difícil precisar la hora. Con tonos cambiantes, la luz solar se irradiaba desde distintos puntos. No eran cálidos rayos de helio, sino auras cenizas que contrariaban el ánimo. Los hombres que caminaban a su alrededor, eran ingrávidos cuerpos amorfos arropados con corazas de aluminio y gafas de grandes lentes negros.  Una brisa languidecía a sus pies y arrastraba unos detritus y latas vacías de lo que fuera una bebida con infusión de metales y hojuelas de mercurio.

Al caminar por un sendero movedizo, sus pies se hundían en el fango de residuos minerales y aguas espumosas que eructaban pestilencias. Al llegar al cráter, observó el suelo resquebrajado y las ruinas óseas de aves migratorias, cuya leyenda le fue narrada una tarde por la Profe Leyla. Dicha narración, aún la conservaba en el último pliegue de un fantasma cerebral llamado memoria.

Muy cerca de ahí, en el basurero metropolitano de la urbe calcinada, como un relicario de frases indignadas, yacía el megáfono en el que se pronunciaron las reflexiones ecológicas y los anuncios apocalípticos por parte del concejal de nombre bíblico y apostolado verde.

Cuando una gota de sudor salobre ingresó por la comisura de sus labios,  Tribilín despertó de la siesta del medio día.  Enseguida se bañó el rostro  y tomó el morral para salir a su clase de Yoga. Quiso olvidar la pesadilla y convencerse, que el médico que ahora le toma el pulso a su ciudad, invocaría a Santa Lucía, la santa protectora de la clarividencia y la vista despejada, para actuar con valentía y proteger el humedal al que la ambición urbanizadora pretende convertir en postal de museo.

 

 


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