Por: Edwin Tamayo Peña
Jueves, 24 de septiembre de 2020. Regresé a casa con la intranquilidad al borde de las letras. Hace tiempo que no me comunico por medio del periódico sobre la terrorífica experiencia que resulta existir (¿o sobrevivir?) en Colombia. Sin embargo, no es porque me falten motivaciones para llegar al medio periodístico -a forma muy empírica- sino, a causa de la cruda verdad: da miedo expresarse.
Ante la crítica de todos los críticos de este gobierno con rumbo a las costas de la tiranía y la dictadura, yo me opongo a esa idea impávida que sostiene con perspicacia retorica la renuncia del ministro de defensa.
No importa la transición entre individuos para un cargo, mientras permanezca la política focalizada de la destrucción del otro, es decir, la prolongación de la guerra como forma de gobierno. Lo que se debe cambiar y lo que se encuentra en juego no es la irracional idea del ahora, ni mucho menos la del pasado (aunque todo suceda en pasado), sino la búsqueda de un disímil futuro donde quepamos todos, por supuesto, no en fosas ni tumbas, ni carreteras, ni calles, sino vivos, ansiosos y capaces de transformar la historia que nos cuentan hoy por hoy nuestros derrotados, asesinados y marginados, pues los otros, es decir, los “victoriosos, patrióticos y éticos” ya agotaron el libreto para sombrear la barbarie y la masacre con eufemismos y lo normalizaron todo.
Da miedo el país. Hay que traer a coalición la política actual que es la misma nombrada años atrás como Seguridad Democrática. ¿Seguridad y democracia? Nada más ilusorio. Todos deberíamos comprender que no se trata de un par de manzanas podridas ni mucho menos de casos aislados, sino de un régimen criminal. ¿Acaso les resulta justificable que protestar sea motivo para que algunos agentes de la Policía disparen a matar ciudadanos a diestra y siniestra? ¿O que viajar por las carreteras del país sea un argumento pare recibir con intención un disparo en la sien por parte de miembros del Ejército? ¿No les da algo de cólera que el gobierno incumpla las sentencias y salga con indulgencias a medias, deshonrando con ello aún más a las víctimas?
Lo que Duque nos va a dejar es un país hecho trizas, cosa que prometieron con orgullo peyorativo sobre el proceso de paz, y que terminaron por arruinar lo poco que se había erigido en años. Así mismo, una crisis económica (por cierto: ¿Qué hace el pueblo huilense soportando a esos miserables que no decidieron apoyar el Programa de Apoyo al Empleo Formal (PAEF) para las microempresas del país, es decir, a toda nuestra balbuceante economía opita?), una crisis política al adueñarse de todas las ramas del poder público y hay que decirlo: crisis social profunda.
No hay fondo cuando un país decide irse sin objeción alguna a la muerte constante del otro.
Nota: ¿Saldrá Duque ahora vestido de soldado y con la frente engrandecida?


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