Con ocasión del homenaje que la Fundación Cuatrotablas, que dirige el gestor y líder cultural Amadeo González, le rendirá al escritor colombiano Milciades Arévalo, publicamos el siguiente texto del poeta Marcos Fabián Herrera que será leído en el tributo en mención.

Por Marcos Fabián Herrera
Lo conocí en un atardecer en el que sol porfiaba por no dejar escapar el día, y la noche se anunciaba con chubascos en un cielo encapotado y manchado de densas nubes. Con la mirada extraviada, gestos febriles y una adelgazada voz, en la recepción del hotel recitaba El Barco Ebrio de Arthur Rimbaud y glosaba versos de Kavafis. De esa manera, se granjeaba la admiración de quienes lo escuchábamos en el aletargado crepúsculo de un viernes en Pitalito.
La entonación musical de su ritual de rapsoda, su apropiación del improvisado proscenio, y la certidumbre propia de los memoriosos, hechizaron a los expectantes oyentes cautivados por el escritor nacido en el Cruce de los Vientos. Milciades había sido invitado por Isaías Peña a un festival de artes en Pitalito, y se solazaba en un inesperado embate de Eros, mientras bellas jovencitas lo asediaban para recibir el haz de luz de su cámara fotográfica.
Esa noche, acompañados de vino, cantamos boleros con unos músicos de cuerdas disonantes y guitarras desvencijadas. Milciades concitaba la atención por ser el invitado estelar del evento. Él, locuaz y cálido, y yo, timorato y balbuciente, dialogamos acompañados de una luna cómplice que barnizaba nuestros rostros, en medio de la penumbra que extraviaba nuestros gimoteos de pésimos cantantes.
Nadie medió; no hubo padrino. Ente él y yo floreció, como semilla sembrada en la más fértil de las tierras, una amistad que se ha conservado incólume, vigorosa y proverbial. Amistar con Milciades, equivalía a trenzar un lazo afectivo con una figura legendaria de la literatura colombiana: el visionario editor que develó al montaraz Raúl Gómez Jattin; el mítico director de la revista Puesto de Combate en la que tantos han recibido su bautismo literario; el intrépido novelista creador de criaturas sedientas de vida y riesgo; el genial cuentista, el curtido marinero, el creativo dramaturgo y el cazador de instantes con su lente.
Ahora, después de 14 años, debo responsabilizar a Milciades por haber secundado al díscolo aprendiz fiel al brebaje que con generosidad él entrega: La poesía. Propalando, difundiendo, pregonando, publicando, recitando y cultivando poesía conocí a Milciades Arévalo, y, siempre que me topó con él, soy testigo de la eficacia en el cumplimiento de la que es su misión consustancial : forjar escritores y promover la literatura.
Bien sea como el generoso padrino que descubre los primeros poemas de imberbes vates de provincia; como el dadivoso consejero de incipientes narradores que buscan con apremio un editor; o como insaciable lector y descubridor de literaturas que promueve nombres y sugiere libros, Milciades, en tiempos de arribismo literario y búsquedas inauténticas, se yergue como un aquilatado maestro de la inclusión y el diálogo. El magisterio abierto y ejemplar que aprendió de Eduardo Mendoza y Jaime Jaramillo Escobar, de Germán Vargas y Héctor Rojas Herazo.
Hemos de celebrar, con desmedido alborozo, al progenitor de seres que ya hacen parte del museo íntimo de la memoria literaria de quienes integramos la cofradía alegre de sus lectores: Irlena, Haroldo, Lavinia, Ana Magdalena, Dinara, Ulises y muchos más, son seres ya transmutados en presencias reales en el fabulario de su obra; personajes concebidos por un mago de la memoria y el tiempo, y deudores de George Orwell, Lawrence Durrell, Italo Calvino, Ray Bradbury, Henry Miller, César Vallejo y tantos otros faros que han iluminado la senda creadora de Milciades Arévalo.
Para que el marinero siga sorteando el bravío oleaje, y oteando desde la proa los islotes en los que germina la poesía, invito a que nos armemos de valor y seamos por el resto del viaje los obedientes grumetes de Milciades. Buena Mar.
Foto El Espectador


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