El 9 de febrero, Día del Periodista, es la oportunidad de debatir la situación del “oficio más hermoso del mundo” como dijo García Márquez.

Por Miguel de León.
Por la mañana uno habla con un político de peso nacional y ya ha leído los periódicos locales y al menos, uno de circulación nacional. Por la tarde, uno habla con un periodista y no ha leído ningún periódico y el noticiero del mediodía no lo vio, por estar trabajando. Pero la definición de periodista sigue siendo: “pieza clave que permite mantener informada a la sociedad con contenidos objetivos y veraces”, y uno piensa, que, por esa actitud, por esa pereza a informarse, de educarse, el periodismo local no viene pasando por uno de sus mejores momentos y tal vez por ello y con ayuda del internet, hoy en día todas las personas pueden tener la facilidad de difundir cualquier información respecto al tema que ellos deseen y se le cree. Tanto que muchos llegan a ser jefes de prensa de cualquier cosa.
El periodismo hoy es igual a la sociedad a la que se debe: sustancialmente curiosa, morbosamente social y perezosa, lo que significa que el periodista quiere tomar el camino que implique menor resistencia entre las personas, entre otras personas y la información. Por eso, ante la ausencia de opinión personal, todo lo resuelven con las encuestas y de ahí, la tal opinión pública. Y uno piensa, que los jóvenes periodistas creen que ejercer la profesión es como hacer un casting. Todo es exterior y nada de conocimiento. ¿Cuánto tiempo dedican a estudiar, a conocer, a estar, oír, ver, pensar y comunicar? Muy poco. Uno los ve por ejemplo, como llegan tarde a los hechos, celular en mano y agarran a cualquiera a preguntarle. De esa fuente surge la nota periodística. Esclavos de la rapidez, tienen poco fondo y ninguna forma.
Me parece que el Periodismo requiere además de un poco de esfuerzo y sudor, de una formación profesional para que se puedan cumplir los fines por los que existe la profesión. Mantener informados a la población con contenidos objetivos y veraces, de lo contrario llegan los grandes errores que pueden generar daños en la sociedad o en el periodismo como la pérdida de la credibilidad, que a menudo se produce por la falta de principios éticos. En ese sentido, muchos periodistas piensan igual que los dueños de los medios, al creer que son los dioses de la libertad de conciencia y expresión, desconociendo olímpicamente que es a la sociedad a quien nos debemos y quien debe juzgar lo que hacemos. Y eso por no decir nada, de quienes hacen de jefes de prensa de políticos.
Por otro lado, los periodistas profesionales son desplazados por unos seudoperiodistas que ejercen la profesión sin garantías de ningún tipo. Basta que tengan desfachatez, osadía y poco compromiso profesional, para que las empresas mediáticas los acojan con entusiasmo, situación que es consecuencia de una prensa que solo busca información en comunicados de prensa y que no permite generar opinión pública, ni cuestionar procesos políticos, ni discutir, ni profundizar en temas que nos competen a todos. Nadie investiga objetivamente, ni se desarrollan conocimiento ni se ahonda en el proceso para comprender todos sus matices. Por eso, pocos periodistas rectifican sus equivocaciones.
Por qué en gran parte, los problemas que arrastra el periodismo actual no son de comunicación, sino de injusticia y deber profesional. Nunca se habían tenido más medios que hoy; nunca se había dispuesto de más instrumentos para acaparar noticias como hoy; nunca se había conocido más tecnología periodística como la de hoy. Y, sin embargo, nunca habíamos asistido a una degradación como la del periodismo de los inicios del siglo XXI. Y es que nadie se atreve a coger al toro por los cuernos del cuarto poder. Los males actuales del periodismo democrático están patentes. Desprenderse de esa necesidad de rapidez, de lo efímero y dar paso al contenido elaborado, es la gran responsabilidad de los medios de comunicación en tiempos digitales.


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