No me hablen de Rajaleña, /que de rajarla vengo;
el hacha no la conozco,/porque rajo con la lengua.

Si me gusta una muchacha/ le voy diciendo mijita;
Si me espera por la noche noche/ le regalo una astillita
Por Juan del Río.
Tenía que escribir éste artículo porque en el marco de la entrevista con el periodista Heber Zabaleta, me solicitaron hablar de ello. Pues bien: El o La rajaleña no es muñeca de trapo para jugar a nuestro antojo. Y lo digo porque a diario aparecen seudos rajaleñeros inventándose tonadas y vainas, que nada tienen que ver con el auténtico folclor, conocimiento o sabiduría del pueblo. Sabemos que es una copla ruda, burda, ordinaria, ciento por ciento campesina, de pata limpia, de quimbas y alpargatas, originaria de: ¿dónde? No tengo la menor idea, pero de allá salió marcando acentos a palabras que no lo tienen, tal como: hablén y hachá. Me preguntó: con esa tilde, ¿qué significado tienen? Yo no le encuentro, por fonética me suena a lengua indígena. ¿No será que salió por esos lados? Si personalmente me atreviera a escribir, a escribir no, a transcribir este sagrado tipo de tonadas, buscaría encontrar ese conocimiento y sabiduría en una comunidad indígena, en lo posible, en aquellas que aún andan en pelota, porque en el pueblo no está. Me inclino al formato de Eulises Charry, de Amín Vargas y de Luz Estela Luna porque ellos hicieron parte de las celebraciones de sus abuelos y padres en sus respectivas comunidades: Peña Blanca, Fortalecillas, Aipe y La Mata, especialmente. En época de monseñor Esteban Rojas Tovar, cuando era cura de Timaná, el rajaleña se llamaba Paloparao y lo prohibió por lo grotesca de la copla, por la forma como lo bailaban las “caimanas” en la cantina del paso del Magdalena en la mesa de Elías. De tal manera que no se puede estar inventando tonadas a la loca, y hacer creer que tiene origen en x región. Lo mismo sucede con el bambuco: en 3/4 es folklórico, en 6/8 no.

Juan del Río.


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