Por Marcos Fabián Herrera
Son la mayor expresión del poder parroquial y el mundo confinado. Quienes las defienden, son los mismos que enarbolan banderas nacionales y patriotismos infantiles. Las fronteras, no son más que fabricaciones necias de mentes provincianas que desconocen que el alma es ecuménica y el saber universal.
Por ahí andan mandatarios vociferantes que apelan al nacionalismo hirsuto, que hoy, en un momento en el que nos ufanamos de la fraternidad y la globalización, no es más que una golosina para pueblerinos distraídos. Eliminar las barreras, superar las barricadas, desvanecer los límites y otear por encima de las vecindades, ha sido el propósito de hombres como Henry David Thoreau, Juan Jacobo Rousseau y José María Vasconcelos.
La extranjería ha de ser nuestra permanente condición en un mundo poblado de enigmas; la trashumancia, el destino de todo aquel insatisfecho y en permanente viaje. La verdadera hermandad es aquella que se manifiesta en la acogida cálida al vagabundo. La plena apertura a los que emigran.
Las imágenes dantescas de mujeres, ancianos, jóvenes y niños, que franquean puentes militarizados y vadean ríos bajo el asedio de la sospecha, es la evidencia de que la solidaridad se nos ha escapado en la rebatiña por la posesión de riquezas, y de que son millones los nómadas de la miseria en el mundo contemporáneo. Nuestra tierra natal ha de ser la humanidad; aquel abrigo esencial convertido en ruinas por obra de nuestra ceguera.


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