“Después de trece años no hay rencor, pero pienso que la guerra debe terminarse ya”, cuenta María Rubiela Montaña en este amplio reportaje en primera persona. Memorias de la vida rural.

Por: Hernando Steven Oliveros Yara
Especial www.noticiasalsur.co


María Rubiela Montaña Poloche, 57 años de edad. Víctima del conflicto armado en Colombia.

“Para el 1960, año de mi nacimiento, habíamos en el municipio de Coyaima, departamento del Tolima, alrededor de unas setecientas personas. Pero con el paso del tiempo la cantidad de habitantes fue ascendiendo muy rápidamente, al igual que se acrecentaba la violencia y el abandono del Estado de manera sistemática e inhumana. Más de quince años de violencia y en todo ese tiempo no han aguantado ni siquiera los muros de la iglesia, las carreteras del casco urbano y otras infraestructuras importantes del poblado.
En la iglesia aún permanece esa campana cuyo lenguaje ya casi nadie comprende. Muchas personas no sabían que había un toque fijado para cuando se celebraba una misa, un toque diferente cuando había un entierro, otro para cuando se celebraba algo importante y otro para cuando el pueblo sufría una emergencia. Este último, siempre era el más escuchado casi que a diario sobre las seis de la tarde cuando nos indicaban la hora de entrarnos a nuestras casas debido al “toque de queda” decretado por la policía.

Ser niña en el pueblo
La infancia en el pueblo no era sencilla. En mis primeros años no había luz eléctrica, alcantarillado, ni mucho menos servicios alternos como el internet. No había nada más que la naturaleza misma, como si fuese una tribu antigua. Los niños y niñas del pueblo teníamos que recorrer varias veces al día unos cuantos kilómetros para ir a la escuela.
Desde mi infancia hasta los 14 años siempre tuve al mismo maestro, que incluso, también lo fue de mi madre. Se llamaba don David. Era buen profesional, aunque siempre tenía su larga regla que medía unos setenta centímetros al alcance de su mano para pegarnos en caso de que fuéramos inquietas.
Para entonces había una escuela para los niños y otra para las niñas. A nosotras nos enseñaban las tareas del hogar en horario de clase. Aunque ambas escuelas estaban adyacentes, no nos permitían jugar juntos.
En clase cuando llovía, nos calentábamos con una hormilla de leña que repartía calor mínimamente a su alrededor; aunque aquellos techos tan altos y ventanales en mal estado hacían que la escuela se llenara de humo y el frío siguiese ahí. Pero no pasaba nada, porque al salir de estudiar nos habíamos acostumbrado a pasar el tiempo correteando por las calles y los alrededores del pueblo. Eso sí que nos hacía sudar.
Lo que más nos gustaba para divertirnos era atrapar ranas y bañarnos en las orillas del río Saldaña; trepar árboles para coger frutas o nidos de pájaros; resbalar por una montañita sobre unas cajas de cartón simulando a que eran un carro o una tabla de sky… por eso, siempre teníamos arañazos en las piernas.
Otras chicas, por su parte, preferían jugar al escondite, a la gallina ciega, al congelado, intercambiar estampas… cosas que no tienen nada que ver con lo que hacen los niños ahora para divertirse.

Memorias de la vida rural
Huele a humedad, a tradición, a olvido. Pueblo de mucha gente pujante y luchadora, folclórica y alegre por donde la miren. Caracterizado por ser la cuna de la hoja de plátano para la elaboración del muy tradicional tamal. De muchas fiestas pero también de problemas. Es sin duda un lugar que vale la pena conocer.
Mis fotografías me sirven para mantener vivo el recuerdo. Por ejemplo, conservo la de la única primera tienda que había y que era atendida por doña Martica, a doscientos metros de mi casa. No es solo una fotografía, es también una historia.
Durante un atentado que padeció el pueblo se escondieron en ella muchas personas, entre ellas estaba yo. Ninguno fue capaz de salir hasta que la policía llegara y calmara la situación. Se rumoró por todo el pueblo y por bastante tiempo que el objetivo era la estación de gasolina. A mi familia también le tocó directamente aquella perturbación aunque de una manera menos trágica.

La vida en el campo no es nada fácil. Andar por las carreteras era un verdadero calvario ya que se perdía una cantidad de tiempo recorriéndolas. Si viajabas a alguna ciudad te estigmatizaban de una manera notoria. Cultivar y labrar la tierra era una labor ardua y a mí como mujer me correspondía porque quise que mis hermanas no se mataran haciéndolo y se dedicaran a estudiar. Por eso terminé mis estudios de manera tardía.
Ahora, pienso que el papel de la mujer en el campo jamás recibirá el reconocimiento que se merece. Pues desde nuestra infancia nos enseñan a hacer lo que hacían nuestras madres en el hogar. Algo con lo que nunca estuve de acuerdo. Pero paradójicamente lo acaté ya que tuve a mis hijas muy joven. Cosa de la que hasta el día de hoy no me arrepiento.

Mi señor esposo

Para el año 1977 llegó a mi vida un hombre ejemplar quien es el padre de mis cuatro hijas. Lo conocí en el pueblo cuando salía los domingos a la iglesia, en esas misas de noche que acostumbraba hacer el padre Oscar. Cada vez que lo miraba le sonreía, le coqueteaba. El hacía lo mismo conmigo, yo me daba cuenta.
Un día llegó a mi casa, preguntó por mí y le dijo a mi mamá que si yo podía salir un rato con él. No se imaginan cuanta alegría había en mí en ese momento. Quería empezar a gritar, pero tuve que componerme o no me dejarían salir a ningún lado. Me llevó al parque central, nos sentamos en una vieja y sucia banca de madera y nos comimos varios helados. Lo que más odie es que el tiempo hubiese pasado tan rápido.
Hablamos de lo que sentíamos cuando nos encontrábamos en las misas y me preguntó que si quería ser su novia, para lo cual hice de cuenta que no había escuchado nada y le cambie el tema. Es que aún no sabía si en casa me dejarían tener pareja, ya que mis padres eran muy ortodoxos y poco me dejaban hacer lo que normalmente pueden hacer las chicas de hoy en día: salir de compras, recibir visitas de sus novios, ir a piscina, viajar, etc.
Siempre que nos veíamos pasaba algo parecido, hasta que un día él no lo permitió. Sacó un ramo de flores, una caja de chocolates, llevó a Don Marcos, a quien contrataban en el pueblo para serenatas sobretodos en fiestas de quince, y me volvió a pedir que fuera su novia. Con tan maravillosos gestos, acepté. Hoy tenemos casi cuarenta años de casados y cuatro lindas hijas.

Mis hijas
Jenny, mi primera hija llegó a nuestras vidas un año después de conocerme con Hernando. Para ese entonces él trabajaba como contador de la empresa de transporte ‘COINTRASUR,’ mientras yo me dedicaba a cuidar una pequeña parcela que habíamos obtenido entre los dos.
Su llegada fue una felicidad enorme porque éramos muy unidos, pero no sabíamos quién cuidaría de ella mientras yo estuviera en la parcela, porque debía subir todos los días a observarla y limpiarla. Les pedí a mis hermanas un poco de ayuda pero todas estudiaban y dijeron que solo podrían algunos días. No me maté la cabeza, la empecé a llevar conmigo y comprendí que de paso la iba acompañando en su crecimiento.
Hoy ella es madre de cuatro hijos, mis nietos. La quiero mucho porque es una mujer muy luchadora ya que ha sacado a sus niños adelante sin ayuda de su padre. A veces le colaboro con lo que puedo ya sea cuidando de ellos o de manera económica.
Cuando nació María Fernanda, mi segunda hija, podíamos responder de manera económica por ella, darle un buen cuidado porque ya no trabajaba más en la parcela, ahora era nuestra casa. Construimos y hasta el día de hoy estamos satisfechos acá. María no pasó por algunas circunstancias que afronto Jenny, mi otra hija, pues cuando nosotros la criamos estábamos apenas empezando a surgir, apenas teníamos los planes de cómo íbamos a salir adelante, los estábamos ejecutando. Por eso al nacer María ya las cosas eran diferentes.
Seguidamente, al nacer Ruby Liliana, mi tercera hija, no todo fue color de rosa, pues desafortunadamente unos días después falleció mi señora madre. Fueron días en los que me sentía muy abandonada, pues Hernando tuvo que viajar a Rioblanco municipio del sur del Tolima. Desesperada y con mi hija en brazos continué dando lo mejor de mi como madre.
Ya unos años después, nació Lina Marcela a quien le denominé por mucho tiempo mi “pequeño tormento”. Era muy inquieta, desordenada y peleona. Nada parecido a mis anteriores hijas. Pero era quien me alegraba como todas las demás la existencia.

(Hermana Carmen, hija Jenny, hija Lina, hija Ruby, hermano José, esposo Hernando, hija María)

El día en que todo cambió
Colombia está llena de historias de sufrimiento, pero también historias de vida, luchas de hombres y mujeres que se esfuerzan día a día por salir adelante en un país que los ha abandonado severamente.
En cada rincón de esta nación, hay una víctima dispuesta a contar su relato, uno que se suma a los 7.957.219 historias de afectados por el conflicto armado registrados en la Unidad para las Víctimas en todo el territorio nacional.
Mi familia y yo no somos la excepción, hace muchos años nuestras vidas no volvieron a ser las mismas. Nos quitaron todo lo material aunque jamás la fe y las ganas de salir adelante. Tenía que levantarme por mí, por mi esposo, por mis hijas.
Era muy apática a las películas de ficción, a las de terror, el horror en esas cintas me daban miedo. Pero hasta entonces comprendí que al que no le gusta el caldo se le dan dos tasas y que uno entre más deteste algo, pienso que más rápido le llega. Desafortunadamente.
A las 2 y pasadas de esa tarde, hace unos 13 años, los hombres llegaron a mi finca en el refugio, una vereda muy poco visitada ubicada en el municipio de Ataco, sur del Tolima. Tocaron la puerta muy fuerte y mi esposo se levantó. Él dormía su siesta. Le gritaron: abra la puerta viejo hijuenoseque o lo que nos sobra es bala me oyó. Hernando le dijo: ‘yo le abro pero por favor no nos haga daño’. Cuando quitó la cerradura, lo empujaron y junto a mí y a mis cuatro hijas nos tiraron bocabajo en el piso de aquella finca.
Uno de estos hombres tenía el cabello como crespo y ojos muy claros, muy buenmozo. Nos mostraba un revólver y nos decía que estaba buscando uno de los mismos. Le preguntaban a mi esposo que dónde estaban las armas. Nunca se identificaron y Hernando lo único que les decía era que las armas que teníamos en la casa era una Biblia y una escopeta con la que de vez en cuando salíamos a cazar. Ellos revolcaron toda la choza, levantaron los colchones, revolcaban la ropa y no encontraban nada, pero ese señor le dijo a mi esposo que había algo que no le permitía hacer lo que tenía que hacer.
Yo creí que esa tarde nos iban a masacrar a todos. Desde afuera, los otros hombres le gritaban que le hiciera pues, que hiciera rápido el trabajo, a lo que habían ido, pero este tipo les respondió que él era quien daba las órdenes. Eso dialogaban esos hombres en voz alta. Yo estaba atemorizada, mis hijas lloraban y mi esposo luchaba a punta de suplicas para que no nos hicieran ningún daño. Cuando por fin se fueron nos dijeron que nos teníamos que ir.
Al otro día, mi esposo en su desespero vendió la finca, una moto y una bicicleta que con esfuerzo les había comprado a mis hijas. Dejamos todo y lo único que nos trajimos fueron dos colchones. Llegamos a Bogotá sin saber nada. Con la plata que había mi esposo se la dio a una hermana para que nos dejara quedar en su casa por un tiempo. Tocó aprender a sobrevivir.
En ese monstruo de cemento, encontré trabajo en una construcción de un edificio que se levantaba por la avenida caracas y mi esposo como conductor de un bus urbano. Así pasaron los años hasta que decidimos volver a Coyaima. Mi esposo nunca pudo recuperarse de la sacada de nuestro hogar. Ahora nos reubicaron pero seguimos esperando por una reparación que del todo no ha salido.
Después de trece años no hay rencor, pero pienso que la guerra debe terminarse ya.
Mis hijas aun preguntan por el hecho, sobre todo las más grandecitas. No sé qué responderles. Solo les digo que no hay que mirar al pasado, que eso ya quedó en el recuerdo. Es mejor seguir adelante y tratar de sobresalir con lo que hoy en día se tiene. Estamos unidos, como familia y eso es lo que importa”.

Un llamado hacia el perdón
Cuando pasaban y pasaban los procesos de paz y ninguno culminaba por las diferentes razones que fueren, nosotros solo pensábamos en que esa guerra cruda debía acabar. Era injusto para quienes la vivieron en carne propia. Solo pensaba en que Dios y la ley habían abandonado al país. Recordé al clásico de Eduardo Caballero que había leído años atrás titulado el cristo de espaldas.
Las noticias ya sean por televisión o por los periódicos, hasta incluso en la radio, dieron cierto giro de rumbo. Ya no almorzamos viendo las imágenes de personas masacradas, cuerpos cortados… ¡Como en mi época!
Dichosa esta generación de jóvenes porque no les tocó vivir lo que a nosotros. Por eso considero que el llamado es a la reconciliación, al perdón. Solucionemos los problemas con diálogo. Si un conflicto de más de 50 años se acabó a punta de dialogo ¿porque no podemos hacerlo con una dificultad que tengamos con el vecino, con un amigo, con un familiar?
Yo ya perdoné y si, quizás eso no me devolverá muchas cosas pero es mejor vivir el presente y no aferrarse al pasado porque lo único que lograré con eso es hacerme daño”.