El campo desde la ventana palaciega

El campo desde la ventana palaciega

Por Marcos Fabián Herrera
Es harto conocido, que durante el gobierno de Guillermo León Valencia, ante cada crisis y vicisitud padecida, el presidente con arrebatos de poeta, disipaba la adversidad anímica retozando con sus escopetas en jornadas de cazador delirante. La propensión de nuestros mandatarios a evadir los problemas acuciantes con divertimentos, ha sido una constante. Miguel Antonio Caro, mientras sus gobernados padecían de una higiene precaria y una hambruna sin límites, se refugiaba en una mansión de la sabana a componer endecasílabos y aclarar intrincadas fórmulas gramáticas.
Ahora que la cumbre agraria se ha tomado a Bogotá, hemos recordado que somos un país rural. Mientras el gobierno Santafereño de filipichines y apellidos de linaje, juegas a las cartas en el club, miles de campesinos arriban a la capital para denunciar, que el nuestro, es un país que ha perdido la soberanía alimentaria, mientras el poder burla los acuerdos con quienes cultivan los valles y remontan las montañas. Durante los ochos años oscuros del capataz del ubérrimo, y durante los cinco del jugador de póker, el campo no ha sido más que un rebaño que provee votos en las elecciones.
Negar nuestra vocación agrícola, y distraernos con cuentos de hadas que buscan marginar a la parcela y el labriego, por la minería y el voraz apetito trasnacional, es una estratagema para que traicionemos los dictados ancestrales de nuestra privilegiada tierra. La cumbre agraria, apenas reseñada en los noticieros televisivos como una escaramuza que condimenta la pedagogía del odio de los poderes mediáticos, es el encuentro de los humildes; los verdaderos héroes de piel curtida y alma noble que todos los días saludan al sol para hacer fecunda la tierra.

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