Jardín de Palabras, un acto que refunda el signo poético

Jardín de Palabras, un acto que refunda el signo poético

Por Esmir Garcés Q.

Poeta y Editor

“Si un poema nos pone oír los acentos de la vida”, como lo asevera Isabel Goldemberg y Hugo Savino; un libro lo será aún más, como si tratara de las entonaciones interpretadas por una orquesta sinfónica. La anterior premisa, me da pie para referenciar el libro de poemas Jardín de palabras, del periodista y poeta Heber Zabaleta Parra. Un trabajo literario construido desde el silencio y desde el ritmo del corazón; es decir, aquí se articula el lenguaje y el cuerpo, para dar paso al nacimiento del signo; este último, como el advenimiento de la creación. No obstante, la creación como “acto de resistencia”, así lo señala Gilles Deleuze. Es paradójico, que el signo que representa el pensamiento del ser humano, sea a la vez resistencia. Cuando hablo de resistencia, me refiero a la fuerza invisible que sostiene el peso del tiempo o el acumulado del saber. También resistimos ante la muerte y a todas esas acciones humanas que nos quieren encasillar dentro de la “sociedad de control”, como lo manifiesta Foucault. Entonces, resulta que, la poesía sería la cerilla que resiste esa masa oscura del universo.

Cuando el maestro Zabaleta escribe un poema, no solamente se está resistiendo a él mismo, sino que no  aguanta esa sociedad de control que nos quiere homogenizar ciertas prácticas de vidas; por lo tanto, el acto poético se establece como un punto “liberador de potencias de vida”, como lo manifiesta Giorgio Agamben. De allí que, esas potencias están contenidas en temas como el amor, el desamor, la ciudad, el tiempo, la noche, la lluvia, la soledad, la indolencia, el olor, entre otros. Un ejemplo de ello sería el siguiente poema: En esta algarabía de soledad / vuelve llanto los pensamientos, / desdobla el presente, / hace añicos las alas de la ilusión. Precisamente, el poeta no solo canta los paisajes de su interioridad, sino que contrasta los actos humanos externos; para ello, acude al lenguaje figurado, como las metáforas y la sinestesia para refundar el golpe del signo; por lo tanto, la poesía no solamente se compone como acto reparador de las interioridades del creador, sino que se prolonga como extensión estética, como acto revelador del lenguaje y; por ende, de las formas de vida. Razón por la cual se escribe para resistir los mismos embates del lenguaje que la sociedad de control ha encontrado como mecanismo para degradar nuestras condiciones de vida. De allí que, el ejercicio de pensar con la palabra, deberá ser tan natural como el árbol que da fruto, así habrá de brotar nuestros poemas, incluso, nuestros sueños.   

Llama la atención, que existe un eje temático que sostiene el libro, es la presencia ausente de la amada que recorre los versos y la ciudad, de la mano del poeta; tal como lo hiciese Dante Alighieri en el poema épico, la Divina Comedia; el poeta bajo al purgatorio de la mano de su amada Beatriz con el objetivo de despojarse de toda su condición humana. Zabaleta propone que en nuestra interioridad existe ese purgatorio, donde nos despojamos, entregamos o dejamos nuestros sentimientos en algún rincón de la memoria; para Zabaleta, el amor no solamente constituye la geografía de los afectos, sino la representación de esos tres estadios que nos plantea Dante (infierno, purgatorio y paraíso), estadios que configuran la esencia del ser; así lo corrobora los siguientes versos: Me declaro culpable de resucitar tu cuerpo, / despierto o ¿tal vez sigo dormido? Lo anterior, me posibilita trazar una línea argumental planteada por Valéry, de la que nos dice que: “el pensamiento es, en suma, el trabajo que hace vivir en nosotros lo que no existe”. De allí que, la palabra refunda constantemente la existencia de las cosas; por consiguiente, un poema es, ante todo, la interrogación del mundo, hacer visible lo que no existe.

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