❞𝐁ronce❞, la nueva novela de 𝐖inston Morales

❞𝐁ronce❞, la nueva novela de 𝐖inston Morales

Por: Rubén Darío Álvarez P.
La historia de la literatura universal no deja enseñar que hay novelas que cuentan una historia y otras que, mientras la cuentan, nos hacen dudar de aquello que entendemos por realidad. “Bronce” parece pertenecer a esta última estirpe.
En ella, la memoria pierde su condición de territorio seguro, los recuerdos se confunden con los sueños y la vida de Cassio, su protagonista, transcurre por esa zona incierta donde lo vivido y lo imaginado terminan borrando sus fronteras.
En comparación con “Tras los hilos de Ariadna”, su novela anterior, “Bronce” supone una apuesta narrativa más arriesgada, en la que resuenan las exploraciones de Borges y Cortázar sobre el tiempo, la identidad y los pliegues de la realidad.
Nacido en Neiva, Huila, en 1969, Winston Morales Chavarro es poeta, novelista, ensayis-ta, periodista y docente universitario. Comunicador social y periodista de formación, obtuvo una maestría en Estudios de la Cultura, con mención en Literatura Hispanoamericana, en la Universidad Andina Simón Bolívar, en Quito, Ecuador. Desde hace varios años está vinculado como profesor a la Universidad de Cartagena. Su trayectoria literaria ha sido reconocida en diversos certámenes nacionales e internacionales, entre ellos el Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia, el Premio Nacional de Poesía de la Universidad Tecnológica de Bolívar y el Premio Internacional de Literatura David Mejía Velilla. Su obra poética ha cruzado fronteras y ha sido traducida a varios idiomas.
A su producción poética se suman la narrativa y el ensayo crítico, campos en los que ha desarrollado una escritura atenta a los vínculos entre la realidad y lo imaginario, el mito, la memoria y los enigmas de la existencia. Entre sus libros se encuentran “La Dulce Aniquirona”, en poesía; “Dios puso una sonrisa sobre su rostro”, en novela; y “Poéticas del ocultismo en las escrituras de José Antonio Ramos Sucre, Carlos Obregón, César Dávila Andrade y Jaime Sáenz”, en ensayo. Con “Tras los hilos de Ariadna” y ahora “Bronce”, continúa explorando las posibilidades de la ficción y las zonas inciertas de la experiencia humana.

𝐄𝐍𝐓𝐑𝐄 𝐋𝐀 𝐌𝐄𝐌𝐎𝐑𝐈𝐀 𝐘 𝐄𝐋 𝐎𝐋𝐕𝐈𝐃𝐎, 𝐋𝐀 𝐕𝐈𝐃𝐀 𝐘 𝐋𝐀 𝐅𝐈𝐂𝐂𝐈𝐎́𝐍
—𝐂𝐨𝐦𝐩𝐚𝐫𝐚𝐧𝐝𝐨 ❞𝐁𝐫𝐨𝐧𝐜𝐞❞ 𝐜𝐨𝐧 𝐬𝐮 𝐚𝐧𝐭𝐞𝐫𝐢𝐨𝐫 𝐧𝐨𝐯𝐞𝐥𝐚, ❞𝐓𝐫𝐚𝐬 𝐥𝐨𝐬 𝐡𝐢𝐥𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐀𝐫𝐢𝐚𝐝𝐧𝐚❞, 𝐧𝐨𝐭𝐨 𝐮𝐧 𝐬𝐚𝐥𝐭𝐨 𝐛𝐫𝐮𝐬𝐜𝐨 𝐝𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐧𝐚𝐫𝐫𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐟𝐥𝐮𝐢𝐝𝐚 𝐲 𝐫𝐚́𝐩𝐢𝐝𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐚𝐬𝐢𝐦𝐢𝐥𝐚𝐛𝐥𝐞 𝐡𝐚𝐜𝐢𝐚 𝐮𝐧𝐚 𝐧𝐨𝐯𝐞𝐥𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐜𝐨𝐪𝐮𝐞𝐭𝐞𝐚 𝐜𝐨𝐧 𝐞𝐥 𝐢𝐦𝐚𝐠𝐢𝐧𝐚𝐫𝐢𝐨 𝐛𝐨𝐫𝐠𝐢𝐚𝐧𝐨 𝐲 𝐜𝐨𝐫𝐭𝐚𝐳𝐚𝐫𝐢𝐚𝐧𝐨, 𝐞𝐧 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐭𝐨 𝐚 𝐥𝐨 𝐢𝐫𝐫𝐞𝐚𝐥, 𝐥𝐨 𝐨𝐧𝐢́𝐫𝐢𝐜𝐨 𝐲 𝐥𝐨 𝐫𝐞𝐚𝐥 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐮𝐞𝐥𝐞𝐧 𝐜𝐨𝐧𝐟𝐮𝐧𝐝𝐢𝐫𝐬𝐞 𝐞𝐧 𝐯𝐚𝐫𝐢𝐨𝐬 𝐞𝐩𝐢𝐬𝐨𝐝𝐢𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐝𝐚 𝐝𝐞 𝐂𝐚𝐬𝐬𝐢𝐨, 𝐞𝐥 𝐩𝐫𝐨𝐭𝐚𝐠𝐨𝐧𝐢𝐬𝐭𝐚. 𝐄𝐱𝐩𝐥𝐢́𝐪𝐮𝐞𝐧𝐨𝐬 𝐞𝐥 𝐩𝐨𝐫𝐪𝐮𝐞́ 𝐝𝐞 𝐞𝐬𝐞 𝐬𝐚𝐥𝐭𝐨.
—Creo que uno no escribe siempre desde el mismo lugar, aunque sea el mismo quien escribe. Cada libro nos exige una respiración distinta, una manera particular de mirar el mundo y de relacionarnos con aquello que llamamos realidad. “Tras los hilos de Ariadna” obedecía a una lógica narrativa; “Bronce”, en cambio, me exigía internarme en territorios donde la realidad deja de ser una certeza y comienza a parecerse a un sueño, a una memoria extraviada o a una de esas habitaciones en las que uno entra sin saber muy bien cómo ha llegado hasta allí.
No sé si hablaría de un salto, sino de una necesidad. Hay historias que pueden contarse desde la superficie de los acontecimientos y otras que obligan a descender, a buscar aquello que permanece oculto debajo de la punta del iceberg, de los recuerdos y de la propia desmemoria del escritor. “Bronce” pertenece a este último territorio.
Por supuesto, están las lecturas. Borges nos enseñó que el universo puede ser una biblioteca infinita, un laberinto o un espejo que devuelve una imagen inquietante de nosotros mismos. Cortázar nos mostró que lo extraordinario puede irrumpir en la vida cotidiana sin pedir permiso, como si la realidad tuviera una grieta por la que se filtrara lo imposible. Pero no me interesaba imitarlos. Me interesaba, más bien, asumir el riesgo de que la novela encon-trara sus propias leyes, incluso cuando esas leyes parecieran contradecir las de la realidad.
Cassio habita ese lugar incierto. No siempre sabemos si recuerda, si sueña, si imagina o si verdaderamente ha vivido aquello que cuenta. Y quizá esa incertidumbre sea una de las formas más honestas de aproximarnos a la experiencia humana. ¿Quién puede afirmar, después de tantos años, que recuerda las cosas exactamente como sucedieron? ¿Cuánto hay de inven-ción en nuestros recuerdos y cuánto de verdad en aquello que inventamos?
Tal vez “Bronce” sea eso: el intento de narrar una vida cuando la memoria ya no obedece a la cronología y la realidad comienza a parecerse demasiado a la ficción.
—¿𝐐𝐮𝐞́ 𝐫𝐞𝐬𝐨𝐧𝐚𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐥𝐞𝐬, 𝐬𝐢𝐦𝐛𝐨́𝐥𝐢𝐜𝐚𝐬 𝐨 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨́𝐫𝐢𝐜𝐚𝐬 𝐢𝐧𝐟𝐥𝐮𝐲𝐞𝐫𝐨𝐧 𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐞𝐥𝐞𝐜𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞𝐥 𝐦𝐞𝐭𝐚𝐥 𝐛𝐫𝐨𝐧𝐜𝐞 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐦𝐞𝐭𝐚́𝐟𝐨𝐫𝐚 𝐜𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚𝐥 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐧𝐨𝐯𝐞𝐥𝐚❓
—El bronce me interesa por su condición ambigua. Es un metal asociado con la permanencia, con los monumentos, con las estatuas que pretenden detener el tiempo y con las figuras a las que una sociedad decide concederles una memoria pública. Sin embargo, también es un material que se oxida, que cambia, que acusa el paso de los años. Incluso aquello que parece destinado a permanecer termina transformándose.
Esa contradicción me resultaba profundamente literaria. Hay algo en el ser humano que desea permanecer, dejar una huella, escapar de la desaparición. Escribimos, amamos, construimos casas, levantamos monumentos y contamos historias porque, de alguna manera, queremos oponernos a nuestra condición mortal. Pero el tiempo siempre termina imponiendo sus propias reglas.
En mi caso, el bronce también dialoga con una preocupación que atraviesa buena parte de mi obra: la relación entre la identidad y la memoria, entre lo que somos y aquello que el tiempo hace de nosotros. Uno comienza creyendo que su vida es una historia que puede contar de principio a fin, hasta que descubre que está hecha de fragmentos, de pérdidas, de versiones contradictorias y de episodios que quizá nunca comprendimos del todo.
Hay, además, una dimensión autobiográfica en la novela. No necesariamente porque cada acontecimiento corresponda a un hecho verificable de mi vida, sino porque uno termina poniendo en sus libros aquello que lo constituye, incluso cuando intenta ocultarlo. La escritura siempre encuentra la manera de revelar algo que el escritor no sabía que estaba dispuesto a decir.
Quizá el bronce sea también una pregunta sobre la permanencia: ¿qué queda de nosotros cuando desaparecen nuestros cuerpos, cuando se desdibujan los recuerdos y cuando ya nadie puede contarnos tal como fuimos? ¿Queda una obra, una imagen, una voz? ¿O solamente una materia expuesta al tiempo?
Me interesa pensar que el bronce no representa únicamente la voluntad de perdurar, sino también la imposibilidad de hacerlo intactos.
—¿𝐂𝐮𝐚́𝐥 𝐟𝐮𝐞 𝐞𝐥 𝐩𝐫𝐢𝐧𝐜𝐢𝐩𝐚𝐥 𝐝𝐞𝐬𝐚𝐟𝐢́𝐨 𝐚𝐥 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐢𝐫 𝐥𝐚 𝐯𝐨𝐳 𝐧𝐚𝐫𝐫𝐚𝐭𝐢𝐯𝐚 𝐲 𝐜𝐨́𝐦𝐨 𝐞𝐧𝐜𝐨𝐧𝐭𝐫𝐨́ 𝐬𝐮 𝐭𝐨𝐧𝐨 𝐝𝐞𝐟𝐢𝐧𝐢𝐭𝐢𝐯𝐨❓
—El principal desafío consistió en encontrar una voz que pudiera habitar la incertidumbre sin convertirla en confusión gratuita. Quería que el lector pudiera avanzar por la novela, pero que al mismo tiempo sintiera que algo se desplazaba debajo de sus pies, que las certezas comenzaban a perder consistencia y que el relato no necesariamente iba a conducirlo hacia una explicación definitiva.
La voz narrativa debía tener la naturalidad de quien cuenta una experiencia vivida y, al mismo tiempo, la extrañeza de quien empieza a sospechar que aquello que recuerda quizá no sucedió de la manera en que lo recuerda.
En ese sentido, escribir Bronce fue también una forma de escuchar. Uno suele pensar que el escritor es quien decide lo que ocurre en una novela, pero llega un momento en que los personajes adquieren una autonomía inesperada, las situaciones empiezan a reclamar su propio desarrollo y la escritura encuentra caminos que no estaban previstos en el proyecto inicial.
Con Cassio tuve que aceptar esa posibilidad. No quería imponerle una voz que explicara demasiado ni una conciencia que tuviera respuestas para todo. Me interesaba, por el contrario, que pudiera equivocarse, contradecirse, regresar sobre sus recuerdos y dejar preguntas abiertas.
El tono definitivo apareció cuando comprendí que no debía resolver todas las ambigüedades. La literatura no está obligada a despejar cada sombra. Hay misterios que pierden su fuerza cuando se explican y experiencias humanas que solamente pueden expresarse mediante una imagen, una contradicción o un silencio.
Quizá ese sea uno de los aprendizajes que me deja la novela: escribir no consiste únicamente en encontrar las palabras adecuadas, sino también en reconocer cuáles deben perma-necer fuera de la página.

—¿𝐄𝐧 𝐪𝐮𝐞́ 𝐦𝐞𝐝𝐢𝐝𝐚 𝐥𝐨𝐬 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐣𝐞𝐬 𝐲 𝐥𝐚𝐬 𝐬𝐢𝐭𝐮𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐧𝐨𝐯𝐞𝐥𝐚 𝐬𝐞 𝐧𝐮𝐭𝐫𝐞𝐧 𝐝𝐞 𝐞𝐱𝐩𝐞𝐫𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐚𝐮𝐭𝐨𝐛𝐢𝐨𝐠𝐫𝐚́𝐟𝐢𝐜𝐚𝐬, 𝐲 𝐝𝐨́𝐧𝐝𝐞 𝐜𝐨𝐦𝐢𝐞𝐧𝐳𝐚 𝐥𝐚 𝐟𝐢𝐜𝐜𝐢𝐨́𝐧❓
—En “Bronce”, como en buena parte de mi obra, la experiencia personal constituye un punto de partida, pero no necesariamente un destino. Hay una zona autobiográfica que atraviesa la novela, aunque no me interesa entender la autobiografía como la reproducción fiel de una serie de acontecimientos. Me interesa más como una forma de transformar la experiencia, de someterla a las operaciones de la imaginación y descubrir qué otras vidas podrían esconderse dentro de la nuestra.
A veces uno parte de un recuerdo, de una persona que conoció, de un lugar que habitó o de una situación que lo marcó. Pero, cuando ese material entra en la escritura, comienza a sufrir transformaciones. La memoria selecciona, deforma, omite; la imaginación agrega elementos que quizá nunca existieron y, sin embargo, parecen expresar mejor una verdad que los hechos por sí solos no alcanzaban a revelar.
Cassio no debe leerse como una transcripción documental de mi vida. Tampoco sería honesto afirmar que no hay nada mío en él. En todo personaje que construimos termina apareciendo algo de nosotros: nuestros temores, nuestras obsesiones, nuestras contradicciones, incluso aquellas zonas que preferiríamos mantener ocultas.
La frontera entre autobiografía y ficción me parece, por eso, una frontera móvil. Uno puede inventar una situación y descubrir en ella una verdad íntima; también puede contar un acontecimiento real y advertir, al releerlo, que la memoria lo ha convertido en otra cosa.
En mi caso, la literatura no ha sido una manera de escapar de la vida, sino de regresar a ella por caminos distintos. La ficción me permite mirar de nuevo aquello que creía conocer, interrogar mis recuerdos y encontrar en ellos posibilidades que la experiencia inmediata no me había permitido advertir.
No sé exactamente dónde termina el hombre y comienza el escritor. Sospecho que esa separación es menos nítida de lo que quisiera. Quizá por eso escribo: para intentar comprender quién soy, aunque al final del libro termine siendo otro.
—¿𝐃𝐞 𝐪𝐮𝐞́ 𝐦𝐚𝐧𝐞𝐫𝐚 ❞𝐁𝐫𝐨𝐧𝐜𝐞❞ 𝐝𝐢𝐚𝐥𝐨𝐠𝐚 𝐜𝐨𝐧 𝐥𝐚 𝐫𝐞𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐬𝐨𝐜𝐢𝐚𝐥 𝐲 𝐩𝐨𝐥𝐢́𝐭𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐩𝐚𝐢́𝐬 𝐞𝐧 𝐞𝐥 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐞𝐱𝐭𝐨 𝐞𝐧 𝐪𝐮𝐞 𝐟𝐮𝐞 𝐞𝐬𝐜𝐫𝐢𝐭𝐚❓
—Aunque “Bronce” se interna en una dimensión íntima, onírica y, en ocasiones, metafísica, no creo que por ello se encuentre al margen de la realidad social y política del país. Lo fantástico, lo simbólico y lo autobiográfico también pueden ser formas de aproximarse a una sociedad, sobre todo cuando la realidad misma parece haber perdido sus límites razonables.
Colombia es un país en el que la memoria constituye un territorio de disputa. Hemos vivido procesos de violencia, pérdidas, silencios y versiones enfrentadas de nuestra historia. No siempre hemos sabido qué hacer con el pasado; a veces intentamos olvidarlo, otras veces lo convertimos en una explicación para todo y, con frecuencia, seguimos habitándolo sin comprender del todo sus consecuencias.
Me interesa esa relación entre la memoria individual y la memoria colectiva. Lo que ocurre en la vida de una persona nunca está completamente aislado de su tiempo. Incluso cuando alguien se encierra en sus recuerdos, cuando parece vivir al margen de los acontecimientos públicos, lleva consigo las marcas de la sociedad en la que ha crecido, de sus formas de violencia, de sus desigualdades y de sus promesas incumplidas.
En “Bronce”, esa relación no necesariamente se expresa mediante una denuncia directa o una representación realista de los acontecimientos nacionales. Me interesa explorarla desde una dimensión más simbólica: la manera en que el tiempo transforma las vidas, la fragilidad de las certezas y la dificultad de construir una identidad cuando el pasado no termina de resolverse.
También pienso en los monumentos, en aquello que una sociedad decide recordar y en aquello que prefiere dejar en el olvido. Lo que acaba de ocurrir en el Museo Nacional es un ejemplo de eso. El bronce puede celebrar una memoria, pero también puede inmovilizarla. Una estatua puede convertirse en símbolo de una época y, al mismo tiempo, revelar las preguntas que esa época dejó sin responder.
No pretendo que la novela ofrezca respuestas políticas ni que sustituya el análisis histórico. La literatura tiene otra responsabilidad: hacer visible la complejidad de la experiencia humana, incluso cuando esa complejidad incomoda nuestras convicciones.
Me interesa una literatura que no le dé la espalda a su tiempo, pero que tampoco se limite a ilustrarlo. Una literatura capaz de interrogar la realidad hasta descubrir en ella aquello que todavía no sabemos interpelar.
—¿𝐐𝐮𝐞́ 𝐨𝐛𝐫𝐚𝐬, 𝐚𝐮𝐭𝐨𝐫𝐞𝐬 𝐨 𝐞𝐱𝐩𝐞𝐫𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐯𝐢𝐭𝐚𝐥𝐞𝐬 𝐢𝐧𝐟𝐥𝐮𝐲𝐞𝐫𝐨𝐧 𝐝𝐞 𝐦𝐚𝐧𝐞𝐫𝐚 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢𝐯𝐚 𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐜𝐞𝐩𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐲 𝐞𝐥 𝐝𝐞𝐬𝐚𝐫𝐫𝐨𝐥𝐥𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐧𝐨𝐯𝐞𝐥𝐚❓
—Toda obra es, en alguna medida, el resultado de las lecturas, las experiencias y las preguntas que nos han acompañado durante años. Ningún escritor comienza verdaderamente desde cero. Uno escribe con los libros que ha leído, con los que ha amado, con aquellos que lo desconcertaron y hasta con los que alguna vez rechazó.
En la concepción de “Bronce” resuenan, inevitablemente, ciertas preocupaciones de Bor-ges y Cortázar: el tiempo, los laberintos de la identidad, la relación entre lo real y lo imaginario, la posibilidad de que una vida contenga otras vidas y de que un acontecimiento aparentemente insignificante modifique nuestra percepción del universo. También hay ecos de “El extranjero”, de Albert Camus; y de “El túnel”, de Ernesto Sábato. Pero esas resonancias forman parte de una conversación literaria más amplia; no constituyen un programa que me haya propuesto seguir.
Me ha interesado siempre la literatura que no se conforma con contar una historia, sino que también cuestiona la manera en que contamos las historias. Aquella que nos obliga a desconfiar de la voz que narra, a preguntarnos por la naturaleza de los recuerdos y a reconocer que la realidad puede ser mucho más extraña de lo que estamos dispuestos a aceptar.
También está la poesía. No puedo separar del todo mi trabajo como novelista de mi condición de poeta. La poesía me ha enseñado a confiar en la imagen, en la sugerencia, en las asociaciones inesperadas y en la capacidad de una palabra para contener sentidos que no se agotan en su significado inmediato. Creo que esa experiencia termina filtrándose en mi narrativa, incluso cuando la novela exige una arquitectura más extensa.
Y está la vida, por supuesto. Los lugares que hemos habitado, las personas que han pasado por nosotros, las pérdidas, los afectos, los viajes, las conversaciones y el paso de los años. Todo termina convirtiéndose en material de escritura, aunque no siempre seamos conscien-tes de ello.
En “Bronce” hay, además, una continuidad con algunas de mis búsquedas anteriores. Pienso, por ejemplo, en “La Dulce Aniquirona”, donde lo mítico y lo imaginario también permiten explorar dimensiones de la experiencia que no podrían agotarse en una descripción realista. No se trata de repetir un universo, sino de regresar a ciertas preguntas desde otros lugares.
Quizá la influencia más decisiva sea, finalmente, la propia incertidumbre. Escribir esta novela significó aceptar que no tenía todas las respuestas y que, en ocasiones, la mejor ma-nera de acercarse a una verdad consiste en renunciar a la pretensión de explicarla por completo.

—¿𝐐𝐮𝐞́ 𝐞𝐦𝐨𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬, 𝐫𝐞𝐟𝐥𝐞𝐱𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐨 𝐩𝐫𝐞𝐠𝐮𝐧𝐭𝐚𝐬 𝐥𝐞 𝐠𝐮𝐬𝐭𝐚𝐫𝐢́𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐩𝐞𝐫𝐦𝐚𝐧𝐞𝐜𝐢𝐞𝐫𝐚𝐧 𝐞𝐧 𝐞𝐥 𝐥𝐞𝐜𝐭𝐨𝐫 𝐝𝐞𝐬𝐩𝐮𝐞́𝐬 𝐝𝐞 𝐭𝐞𝐫𝐦𝐢𝐧𝐚𝐫 𝐁𝐫𝐨𝐧𝐜𝐞❓
—Me gustaría que el lector cerrara el libro con la sensación de que algo continúa ocurriendo en su interior, como cuando uno despierta de un sueño intenso y, aunque sabe que ha despertado, conserva durante un tiempo la emoción, las imágenes y la extrañeza de aquello que acaba de vivir.
No quisiera imponerle una interpretación. Cada lector establece una relación distinta con los libros, y esa relación depende de su propia historia, de sus recuerdos, de sus temores y de las preguntas que lo acompañan. Una novela comienza a tener otra vida cuando abandona las manos de quien la escribió y entra en la imaginación de quien la lee.
Si “Bronce” consigue que el lector se pregunte por la naturaleza de sus recuerdos, por la manera en que ha construido su identidad o por las historias que se cuenta para seguir adelante, sentiré que el libro ha encontrado uno de sus propósitos.
Me interesa también que permanezca una reflexión sobre el tiempo. Vivimos como si nuestra existencia estuviera hecha de certezas, como si pudiéramos organizarla en una secuencia comprensible y conservar intactas las cosas que amamos. Sin embargo, el tiempo altera nuestros afectos, modifica nuestros recuerdos y transforma incluso la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Tal vez al final no seamos exactamente quienes creemos ser, sino una suma de versiones, de pérdidas, de encuentros y de invenciones. Tal vez la memoria sea una forma de la literatu-ra y la vida, sin que lo advirtamos, una narración que reescribimos continuamente.
Y me gustaría que quedara también una emoción difícil de nombrar: cierta melancolía ante lo que desaparece, pero también una forma de gratitud por aquello que, aun siendo pasajero, alcanzó a existir.
El bronce parece decirnos que algo puede permanecer. El tiempo nos recuerda que nada permanece de la misma manera.
Entre esas dos afirmaciones se mueve buena parte de nuestra existencia.
Quizá por eso escribimos libros: para dejar una huella, aunque sepamos que toda huella terminará desvaneciéndose; para intentar comprender el mundo, aunque el mundo conserve su misterio; para acercarnos a los otros y, en ese intento, descubrir algo de nosotros mismos.
Si después de leer “Bronce” alguien siente el deseo de regresar a una página, de recordar un episodio de su propia vida o de preguntarse si las cosas ocurrieron realmente como las recuerda, la novela habrá comenzado a cumplir su destino.
Porque, al fin y al cabo, la literatura no está hecha solamente de preguntas. A veces su mayor virtud consiste en enseñarnos a formular mejor nuestras respuestas.