«En tiempos de ruido y velocidad, la poesía es revolución»: Winston Morales

«En tiempos de ruido y velocidad, la poesía es revolución»: Winston Morales

por Hugh Maorexiu Del Río
El Macizo Prensa Cultural

El comunicador social-periodista y docente universitario Winston Morales es sin duda el escritor huilense más leído en el planeta, después de José Eustasio Rivera. Compartimos en el portal informativo Noticias al Sur una amplia entrevista que hicimos para El Macizo Prensa Cultural.

¿Qué significa para ti recibir un premio de poesía en Rumania? ¿Cómo te hace sentir este reconocimiento internacional?
Recibir un premio en Rumania es, ante todo, una señal de que la palabra poética, cuando es auténtica, trasciende lenguas, geografías y contextos históricos. Me siento profundamente honrado, no solo por el reconocimiento a mi trabajo, sino por el puente que este tipo de distinciones tiende entre culturas tan aparentemente distantes como la colombiana y la rumana. Me reafirma en la idea de que la poesía sigue teniendo un lugar en el corazón de quienes buscan sentido en medio del caos contemporáneo.

Tu obra ha sido traducida a varios idiomas. ¿Cómo crees que la poesía colombiana puede aportar a la literatura universal?
La poesía colombiana es una selva viva: tiene la densidad del mito, la vitalidad de lo oral, y una riqueza de imágenes que bebe tanto de lo ancestral como de lo moderno. Nuestra historia, marcada por contrastes violentos y momentos de luminosa belleza, ha forjado voces singulares. Yo creo que desde esa singularidad, desde nuestra manera de nombrar la vida, la poesía colombiana puede nutrir a la literatura universal con nuevas formas de mirar, de sentir y de interpretar el mundo. La Dulce Aniquirona es una muestra particular de ello.

En La dulce Aniquirona, recientemente traducida al portugués y al italiano, exploras temas como el sueño, el amor y la muerte. ¿Qué te inspira a reflexionar sobre estos temas y cómo los abordas en tu poesía?
Esos tres temas son, para mí, las coordenadas del ser. El sueño como forma de percepción expandida, el amor como posibilidad de disolución del yo en el otro, y la muerte como tránsito, no como fin. En La Dulce Aniquirona, estos elementos no se presentan como opuestos, sino como partes de una misma experiencia cósmica. Nada se contradice, sino que interactúa, dijo en su momento Hermes Trismegisto. Me interesa el lenguaje simbólico, lo arquetípico, y desde ahí intento escribir: como quien escarba en las raíces de lo humano con una linterna encendida por el asombro.

¿Cuál es el proceso creativo detrás de tus poemas? ¿Cómo surgen tus ideas y cómo las desarrollas?
La poesía me asalta en los momentos más insospechados: en la duermevela, al caminar, al observar a mis tres perros jugar, o simplemente al contemplar el océano. Primero surge una imagen, una frase, una atmósfera. Luego viene el trabajo de tallado, de silencio y espera. Soy un poeta que reescribe mucho, que escucha el ritmo de cada verso como si fuera una pieza musical. A veces un poema se gesta en una tarde; otras, me toma años entender lo que quería decirme.

Tu novela Dios puso una sonrisa sobre su rostro está siendo reeditada y explora un momento histórico de la ciudad de Neiva marcado por la explosión de una bomba, con el amor y la muerte como temas fundamentales, y también la música como telón de fondo. ¿Qué te llevó a escribir esta historia y qué querías transmitir con ella?
Esa novela nació de una necesidad de exorcizar un hecho histórico que marcó a mi ciudad y a mi madurez. La explosión de la bomba fue una herida que no cerró nunca del todo, pero también un punto de partida para reflexionar sobre la fragilidad de la existencia y la potencia del amor en tiempos de ruina. La música, en ese contexto, es un bálsamo, una forma de resistencia estética ante la barbarie. Quería contar una historia que mezclara lo trágico con lo sublime, lo íntimo con lo colectivo. Creo que Coldplay ayudó mucho en esa metempsícosis. Sin Coldplay no hubiera escrito Dios puso una sonrisa sobre su rostro.

¿Cómo describes tu estilo poético? ¿Hay algún autor o movimiento literario que te haya influenciado particularmente?
Diría que mi poesía es simbólica, metafísica, a veces visionaria. Me interesan las zonas donde el lenguaje roza lo inefable. Me han influenciado autores como William Blake, José Antonio Ramos Sucre, William Butler Yeats, Oscar Vladislas Milosz, César Dávila Andrade, Antonin Artaud, Jaime Sáenz y Carlos Obregón, entre otros. También me nutro de la tradición mística, del hermetismo, de la filosofía. No creo en la poesía panfletaria ni utilitaria. Creo en la poesía como forma de conocimiento, como ejercicio espiritual.

¿Qué papel crees que juega la poesía en la sociedad actual? ¿Puede ser un vehículo para el cambio social o es más bien una forma de expresión personal?
La poesía no cambia el mundo en términos económicos o políticos, pero puede cambiar la mirada de quien la lee. Y eso, en sí, ya es una revolución. En tiempos de ruido y velocidad, la poesía es pausa, conciencia, lucidez. Es también resistencia: frente a la banalización, frente al odio, frente a la desmemoria. Es una forma de expresión profundamente personal, pero con resonancias colectivas. Puede no ser masiva, pero sigue siendo necesaria y vital.

En Memorias de Alexander de Brucco, recreas la mitología bíblica a partir de historias como la de Adán, Eva, la serpiente y Caín. ¿Qué te interesa de estos temas y cómo los abordas en tus poemas?
Me interesa la reinterpretación de los mitos fundacionales. La Biblia, más que un libro religioso, es un gran relato simbólico sobre la condición humana. En Memorias de Alexander de Brucco, trato de rescatar la dimensión mítica y poética de esas historias, despojándolas de moralismos. Me interesa Adán no como pecador, sino como símbolo del hombre que duda; Eva como la que desea el conocimiento; Caín como el desterrado eterno. Es un intento por devolverles su poder arquetípico y su belleza oscura a Judas Iscariote o a María Magdalena.

Has tenido la oportunidad de exponer tu obra en Polonia, un país con una tradición literaria muy rica y reconocida a nivel mundial. ¿Cómo fue esa experiencia para ti y cómo crees que tu obra fue recibida en ese contexto?
Polonia ha sido una revelación. Un país con una sensibilidad poética que se respira en el aire. Poetas como Szymborska, Poświatowska, Herbert o Różewicz hacen parte de un imaginario que admiro profundamente. Presentar mi obra allí, compartir con lectores, estudiantes, músicos y traductores, ha sido un privilegio. Me sorprendió la calidez del público, su apertura a lo simbólico y su respeto por la palabra poética. Me sentí en casa, pese a las distancias idiomáticas. La Dulce Aniquirona ha sido publicada dos veces en Polonia: una por la Universidad de Poznan y la otra por la editorial polaca Anagram. Además se ha presentado en las universidades de Poznań Varsovia, Cracovia, Raciborz, Wroclaw, Szczecin y Zielona Góra.

¿Qué proyectos literarios tienes en marcha actualmente? ¿Hay algún tema o género que estés explorando por primera vez?
Estoy trabajando en varios frentes. Continúo con la escritura de Bronce, una novela de corte filosófico y simbólico; reviso un ensayo titulado Literatura y ocultismo que aborda la mística en la literatura universal; y exploro nuevas formas de escritura híbrida que cruzan la crónica, la poesía y la memoria. También me interesa profundizar en la poesía femenina polaca, como parte de un proyecto de investigación que aspiro a desarrollar en Polonia.

¿Cuál es el libro o poema que te ha generado más reacciones o respuestas por parte de los lectores? ¿Qué te dice esto sobre la conexión entre la poesía y el público?
Sin duda La dulce Aniquirona ha sido el libro que más ecos ha generado. Tal vez porque en él hay una suerte de alquimia entre lo onírico, lo amoroso y lo existencial. Muchos lectores me han dicho que sienten que el libro les habla directamente, como si estuviera escrito desde un lugar interior común. Eso me conmueve profundamente, porque me confirma que la poesía, cuando es auténtica, toca fibras que todos compartimos, más allá de culturas o generaciones. Sé que muchos connacionales y paisanos desestiman a La Dulce Aniquirona, pero es curioso que un libro de un opita hable en polaco, chino mandarín, alemán, francés, italiano, portugués e inglés. Algo debe de tener, verdad?

En tu novela más reciente, Los hilos de Ariadna, exploras las realidades femeninas. ¿Qué te llevó a escribir sobre esta temática y cómo crees que tu obra puede contribuir al diálogo sobre la igualdad de género?
Vivimos un momento histórico en el que es urgente escuchar y visibilizar las voces femeninas. Los hilos de Ariadna nace del deseo de explorar las múltiples formas en que las mujeres han sido silenciadas, pero también de celebrar su fuerza, su sensibilidad, su capacidad de reconfigurar el mundo. No hablo en nombre de nadie, pero sí intento dar cuenta, desde la ficción, de esas realidades que han sido postergadas. Si el libro puede aportar, aunque sea mínimamente, al diálogo sobre la equidad, me doy por satisfecho. Tras los hilos de Ariadna es un pequeño homenaje a todas esas Ariadnas que he conocido a lo largo de mi vida. Y han sido muchas.