Los 25 ejemplares

Los 25 ejemplares

Winston Morales Chavarro *
En 1998, cuando publiqué La Dulce Aniquirona, llevé diez ejemplares a la Papelería y Librería Roma, un establecimiento situado en la calle Séptima, entre las carreras Quinta y Sexta, en el centro de Neiva. Neiva era entonces una ciudad pequeña. Todavía no existía la Panamericana y todo nuestro mundillo literario, con sus búsquedas bibliográficas y sus apetencias intelectuales, se reducía a la Papelería Nacional, la Roma y la Papelería Cartagena. La Biblioteca Departamental Olegario Rivera funcionaba en los pisos bajos del edificio de la Gobernación del Huila y Yezid Morales Ramírez era su director. En aquellas librerías y papelerías compramos nuestros primeros libros de poesía, novela y ensayo. Allí comenzamos a construir, sin saberlo, nuestras pequeñas bibliotecas y nuestros grandes e inaplazables interrogantes.
La Librería Roma pertenecía a don Pedro Iriarte Villarruel, un hombre alto, de cabello canoso, modales inmejorables y una inteligencia misteriosa que parecía haberse alimentado por igual de los libros, la literatura, el esoterismo y las conversaciones que se prolongaban más allá de la medianoche. Un par de veces nos acompañó a la tertulia que habíamos creado con Esmir Garcés y Jader Rivera. La tertulia llevaba el nombre de Los Absolutos y nuestro líder espiritual era Hermes Trismegisto, el tres veces grande. Un profesor de la Usco, a manera de burla y con cierto aire de superioridad literaria, nos llamaba los Trismegistos.
Don Pedro me recibió los diez ejemplares sin demasiadas preguntas. Los puso en algún lugar de la librería, quizá sobre una mesa de su oficina, quizá en uno de aquellos anaqueles donde convivían los escritores consagrados con los desconocidos, los poetas muertos con los que todavía no habíamos aprendido a crecer. No recuerdo exactamente dónde los acomodó. Recuerdo, sí, que los dejó allí, bajo su cuidado. Don Pedro creía en las voces nuevas, en aquellas que se levantaban en medio de la hostilidad silenciosa de la Neiva de finales de los noventa. Era la ciudad del parque Santander y del canto monorrítmico de los pericos que llegaban al lugar pasadas las seis de la tarde.
De vez en cuando, cuando nos encontrábamos, me decía que la clientela preguntaba mucho por mi libro. Yo escuchaba aquello con una mezcla de incredulidad y alegría inocente. Era mi primer libro de poesía, o al menos el primero que había conseguido poner a circular de aquella manera, y uno siempre espera que sus demonios poéticos encuentren lectores, aunque no sepa muy bien qué hacer cuando alguno de esos lectores se estrella con uno de ellos. La Dulce Aniquirona había sido publicada por Guillermo Martínez González en su ya reconocida editorial Trilce Editores.
A los tres meses, don Pedro me entregó el dinero correspondiente a la venta de cinco ejemplares y me solicitó otros diez. Tres meses después me pagó seis libros más. Así, de una manera discreta, sin campañas publicitarias ni presentaciones multitudinarias, La Dulce Aniquirona empezó a caminar por las calles sórdidas de la ciudad. Yo no sabía quiénes la compraban, dónde terminaban sus lectores, qué pensaban de aquellos poemas ni si alguno de ellos había descubierto, entre sus líneas, alguna luz que pudiera acompañarlo durante el resto de sus madrugadas. Me bastaba con saber que el libro ya tenía una voz en el concierto literario de la ciudad.
Por entonces vivía en una casa de propiedad de don Pedro, en el centro de Neiva, muy cerca del río Magdalena. Era una casa espaciosa, de paredes blancas, con un patio amplio, un par de árboles frutales y un parqueadero que nunca llegué a utilizar. No tenía automóvil y la motocicleta Honda C-70 la había vendido después del nacimiento de mi segundo hijo, por razones de seguridad. El parqueadero permanecía allí, como una habitación destinada a un habitante que nunca llegó.
La casa tenía aspecto colonial, algo que nunca entendí del todo. Contaba con tres habitaciones, sala-comedor, patio interior, dos baños y un gran espacio destinado a la biblioteca. En ese lugar nació y creció mi primera biblioteca. Meses después, aquella biblioteca fue vendida por la vana ilusión de radicarme definitivamente en Canadá.
Don Pedro tuvo conmigo una consideración que nunca he olvidado. En 2001 me hizo un descuento especial en el canon de arrendamiento de la casa. El precio que finalmente pagué fue mucho menor que el acordado. Don Pedro era un caballero y, aunque no necesitaba explicaciones para sus gestos, uno alcanzaba a comprender que detrás de aquella cortesía había algo más que una relación entre propietario e inquilino. Había afecto, una cierta complicidad con la escritura y, sobre todo, una manera de entender la vida en la que la generosidad no necesitaba vanagloriarse.
Recuerdo aquella casa por muchas razones. Una de ellas tiene que ver con una llamada telefónica que pudo no haber llegado nunca.
Una tarde, el teléfono fijo empezó a sonar con una de esas insistencias que suelen tener las noticias catastróficas. Pero el aparato funcionaba mal. Las llamadas no conseguían entrar. La Universidad de Antioquia intentaba comunicarse conmigo para informarme que había obtenido el primer puesto en el Premio Nacional de Poesía de la Universidad, con el trabajo que posteriormente se convertiría en mi libro Memorias de Alexander de Brucco. No tenían mi número de celular y las llamadas se perdían en alguna parte del trayecto, como si el destino hubiera decidido poner una pequeña dificultad entre el poeta y su premio.
Fue el Programa de Comunicación Social de la Universidad Surcolombiana el que terminó avisándome. Desde allí me informaron que la Universidad de Antioquia llevaba tiempo buscándome con insistencia y que, al no conseguir comunicarse, habían decidido llamar a la Universidad.
Todavía me pregunto qué habría sucedido si aquella llamada nunca hubiera encontrado otro camino. Quizá habría recibido la noticia más tarde, quizá alguien habría conseguido localizarme, quizá el premio habría tenido que esperar a que el teléfono se dignara a sonar. Pero la noticia llegó. Y llegó a aquella casa de don Pedro, con su patio, sus árboles frutales y un parqueadero sin automóvil ni motocicleta C-70.
La vida, como se ve, tiene sus propios sistemas de comunicación. Sistemas y misterios.
Don Pedro era uno de varios hermanos Iriarte que dejaron una huella considerable en la vida pública, comercial y cultural del Huila. Los Iriarte eran hombres de inteligencia, carácter y abolengo. Álvaro Iriarte Villarruel, abogado e intelectual, ejerció como alcalde de Neiva y magistrado del Tribunal Superior. Carlos J. Iriarte Villarruel fue un destacado dirigente liberal y padre del abogado Carlos Mauricio Iriarte Barrios, quien llegaría a ser gobernador del Departamento del Huila. Jorge Iriarte Villarruel fue el alma detrás de la tradicional Papelería Nacional, en el centro de Neiva. Junto a la Librería Roma de don Pedro y a la distribuidora de Carlos J., los Iriarte marcaron durante décadas el comercio educativo de la ciudad, un territorio donde convivían la cultura, los cuadernos y la literatura.
Unos estuvieron vinculados a la política, otros a la judicatura y otros al comercio. Don Pedro, por su parte, había elegido los libros como una forma de habitar el mundo. Su librería era una especie de territorio propio, una extensión de su pensamiento esotérico y de su generosidad masónica.
Era un hombre de izquierda, sarcástico, culto, de buen humor y poseedor de una conversación que podía desplazarse de la política nacional a las religiones antiguas, de los acontecimientos del día a los misterios de la existencia. Tenía, además, una estrecha relación con el ocultismo y la ciencias herméticas. Muchas veces hablamos de esos asuntos en La Roma. No recuerdo si alguna vez llegamos a una conclusión, pero tampoco creo que fuera eso lo que buscábamos. Con don Pedro las conversaciones no tenían necesariamente que llegar a ningún lugar. Bastaba con que ocurrieran.
Su hijo, Pedro José Iriarte, era también un hombre excepcional. Abogado, reconocido en su medio, poseía una calidad humana que quienes lo conocieron todavía recuerdan. Murió demasiado joven, víctima de una bacteria que, según se supo, se instaló en su organismo después de consumir algún alimento en la calle. Trabajaba en la Alcaldía de Neiva cuando lo conocí. Era un caballero, un galán. Su muerte me impactó considerablemente. Hay muertes que parecen desproporcionadas frente a la vida que interrumpen. La de Pedro José fue una de ellas.

Tiempo después murió don Pedro.
Y entonces la Librería Roma comenzó a deshacerse de sí misma.
La noticia de su liquidación me produjo una mezcla de tristeza y curiosidad. Una librería que desaparece no es solamente un establecimiento comercial que cierra sus puertas. Desaparecen también sus conversaciones, sus clientes habituales, los sorbos de café, las tertulias del librero, el polvo de los anaqueles, las historias de quienes alguna vez entraron buscando un libro y terminaron comprando tres. Desaparece una geografía de la memoria. Desaparece la Neiva de aquel entonces.
Como era un lector frecuente y un comprador asiduo de literatura, me acerqué a La Roma para mirar qué podía adquirir entre los saldos. No iba buscando nada en particular. Quizá algún libro de poesía, una novela olvidada, un ensayo que hubiera permanecido durante años esperando unos ojos que lo consumieran. Caminé por los estantes, revisé algunos títulos, levanté un par de volúmenes y me detuve frente a una zona donde parecían haberse acumulado los libros que nadie jamás había comprado.

Entonces ocurrió.
Allí estaban.
No eran diez ejemplares. Tampoco los diez que había llevado inicialmente, ni los diez adicionales que don Pedro me había solicitado después de las primeras ventas. Eran veinte ejemplares de La Dulce Aniquirona.
Mis veinte ejemplares.
Los miré con una extrañeza que todavía no sé describir. Reconocí las cubiertas, el título, la portada de William Blake, la disposición de los poemas. Eran los mismos libros que había dejado años atrás en manos de don Pedro. Aquellos que, según las cuentas que él me había entregado, habían encontrado once lectores. Once compradores.
Pero había algo más.
Junto a los veinte ejemplares aparecieron otros cinco.
Cinco libros adicionales de La Dulce Aniquirona.
Cinco ejemplares que no recordaba haber llevado a la librería, que no figuraban en mis cuentas, que no había entregado a don Pedro ni solicitado que me guardaran. Cinco libros que habían aparecido allí, en medio de la liquidación, como si alguien los hubiera depositado en secreto o como si hubieran sido producidos por una extraña voluntad de la librería.
Los conté una vez. Después otra. Veinte más cinco.
Veinticinco.
No sé de dónde salieron esos cinco ejemplares. No sé si don Pedro los había comprado, si alguien los había devuelto, si quedaron de alguna consignación que nunca registramos o si, en algún momento, alguien decidió llevarlos hasta allí sin que yo me enterara. Tampoco sé por qué aparecieron precisamente cuando la librería estaba cerrando sus puertas y sus anaqueles empezaban a llenarse de polvo.
Me quedé mirándolos.
Pensé en don Pedro, en su cabello canoso, en sus ropa siempre blanca, en su sonrisa irónica, en nuestras conversaciones sobre el ocultismo y las fuerzas invisibles que, según algunas tradiciones, gobiernan los acontecimientos. Pensé en Pedro José, en la casa del centro de Neiva, en el patio y los árboles frutales, en aquel parqueadero donde nunca estacioné ningún automóvil ni ninguna motocicleta. Pensé en los once ejemplares que, según las cuentas, habían sido vendidos. Pensé también en la llamada de la Universidad de Antioquia que no conseguía entrar a mi casa y que, sin embargo, había encontrado la manera de llegar hasta mí.
Quizá todo no era más que una coincidencia. Las coincidencias, después de todo, son acontecimientos que todavía no han encontrado una explicación satisfactoria. Pero hay algunas que se resisten a ser explicadas, no porque sean sobrenaturales, sino porque su misterio forma parte de aquello que las hace incorruptibles.
No recuerdo si compré alguno de los libros que estaban en liquidación. Lo que sí recuerdo es aquella pequeña constelación de ejemplares, los míos, detenidos en el tiempo, esperando que alguien volviera por ellos.
Me pregunto si don Pedro siempre supo que estaban allí. Si los había dejado a propósito. Si alguna vez, entre una conversación literaria y una disquisición sobre los misterios del universo, había pensado que aquellos libros merecían permanecer juntos. Me pregunto, incluso, si los cinco ejemplares adicionales eran una especie de broma póstuma, una de esas bromas que los hombres inteligentes dejan preparadas para que otros las descubran cuando ellos se vuelven vacío.
Nunca lo sabré.
A veces pienso que los libros tienen una vida secreta. Que no se limitan a pasar de una mano a otra, ni a permanecer quietos en las estanterías, ni a cumplir con las estadísticas de las grandes editoriales. Que algunos libros se esconden, aparecen, se multiplican o esperan durante años a que su autor vuelva a encontrarlos. Tal vez los veinticinco ejemplares de La Dulce Aniquirona no eran otra cosa que una forma de decirme que la primera vida de un libro nunca termina cuando se agotan sus ejemplares, ni cuando se cierra la librería donde fue recibido.
Don Pedro Iriarte había muerto. Pedro José también. La Roma estaba en liquidación. La casa del centro de Neiva pertenecía ya a otros tiempos. El parqueadero seguía sin haber sido estrenado por mi automóvil inexistente. Los árboles, probablemente, continuaban dando sus frutos para otros pobladores.
Pero allí estaban los libros.
Veinticinco ejemplares de una obra que había comenzado su existencia en 1998 y que, muchos años después, me esperaba en una librería a punto de fenecer.
No sé si don Pedro tenía razón cuando hablábamos de las fuerzas ocultas que gobiernan ciertas naturalezas. Tampoco sé si los cinco ejemplares adicionales fueron una equivocación, una devolución, un olvido o una travesura de la memoria.
Lo cierto es que aquella tarde comprendí algo que quizá ya sospechaba: los libros tienen sus propios caminos y no siempre obedecen a la voluntad de quien los escribe.
A veces regresan.
Y a veces, como aquellos cinco ejemplares que nunca supe de dónde salieron, regresan acompañados.

*Cartagena de Indias, 1 de noviembre
Día de todos los santos.