Palabras Negras o La Conexión Africana

Palabras Negras o La Conexión Africana

Por: Eduardo Tovar Murcia
Heber Zabaleta Parra no escribe poesía: la encarna. Palabras Negras es un torrente de memoria, un mapa de piel y tambores que traza el viaje de África a América sin pedir permiso. Aquí, los versos no se conforman con ser leídos; exigen ser escuchados, como esos cantos ancestrales que atraviesan océanos y siglos para recordarnos que la identidad no se pierde, se transforma.
Desde el primer poema, el libro se clava en el pecho con la fuerza de un relámpago. Mamá África nos arrastra bajo la sombra del baobab, donde los griots susurran verdades olvidadas. Zabaleta Parra no idealiza el continente: lo reconstruye con los pedazos rotos de la diáspora, mezclando el dolor de las «cacerías humanas» con la dulzura de los aromas que el viento se negó a borrar. La poeta no busca África en los mapas, la encuentra en el ADN de las palabras, en las premoniciones de su abuela, en los tambores que siguen latiendo bajo el cemento de las ciudades.
Pero este no es solo un libro de nostalgia. Desembarco africano lanza preguntas como puñales: «¿Afro, negro, raizal o palenquero?» Cada término es un campo de batalla, una decisión política que puede liberar o encadenar. Zabaleta Parra desnuda el lenguaje como instrumento de poder, mostrando cómo las palabras pueden ser jaulas o alas. Aquí no hay lugar para el paternalismo: solo la urgencia de nombrarse desde la raíz, de construir una lengua nueva que no pida disculpas por existir.
Lo magistral de este poemario es cómo baila entre el lamento y la fiesta. En África en las venas, las marimbas y los cantos convierten el sufrimiento en celebración. Los versos sudan, trabajan la tierra, se emborrachan de ritmo bajo lunas memoriosas. No hay contradicción en este baile: es la prueba de que la cultura afro no es víctima, sino sobreviviente; no llora su historia, la canta con orgullo guerrero.
Zabaleta Parra escribe con los cinco sentidos. Sus imágenes huelen a selva humedecida, saben a frutas olvidadas, suenan a cuero golpeado bajo las estrellas. Cuando menciona a Léonora Miano o Jorge Artel, no cita: conversa con ellos, como en esas reuniones familiares donde los muertos siguen contando historias. Y es que en Palabras Negras todos están vivos: los ancestros, los esclavizados, los que hoy luchan por no ser borrados.
Si hay algo que reprocharle al libro, es que a veces se vuelve esquivo. Algunos versos en Palabras Margarí juegan al escondite con el significado, como si el poeta temiera decir demasiado. Pero incluso estos pasajes oscuros tienen su magia: son jeroglíficos que piden ser descifrados con paciencia y fe.
En tiempos donde el mundo quiere homogenizar las identidades, Palabras Negras es un acto de insubordinación. Zabaleta Parra no solo escribe sobre África: la hace respirar en cada línea, demostrando que el colonialismo fracasó. Porque cuando un poeta negro canta con esta furia y esta ternura, cuando convierte el dolor en arte y la resistencia en música, está probando que ninguna esclavitud pudo matar el alma de un continente.
Este no es un libro para leer en silencio. Hay que recitarlo a gritos, bailarlo con los pies descalzos, masticarlo hasta sacarle el jugo. Porque Palabras Negras no es literatura: es sangre, tambor y fuego. Y como todo lo que viene del corazón de África, no pide permiso para quedarse.