Por lo menos…

Por lo menos…

“Es tan profundo el costumbrismo que nos quejamos de nuestros dirigentes todo el tiempo, pero cuando llegan las elecciones nada cambia”

Por: Edwin Tamayo Peña
En la sociedad colombiana actual hablar de paz significa la eterna discusión de siempre, heredada de una forma casi malévola a la clase política nacional. Desde ese punto de partida se hace compleja trabajar por ella, proponer y liderar proyectos que busquen superar el tumor cancerígeno de la guerra que ya hizo metástasis en el tórax de esta patria balbuceante.
Siempre ha existido la manera en que la pelota de lo “correcto políticamente” es lanzado de un lado a otro, y la ciudadanía en un tono bastante distraído mira como la pelota va y viene. Para no ir tan lejos en la más reciente búsqueda de paz, de un desarme, de una posibilidad para avanzar en tan quisquilloso camino, los extremos de este país, entre otros sectores han estado en la discusión constante. No es que la discusión sea mala, no del todo; porque debatir enriquece el proceso que busca la paz, el serio problema es que pasamos de proponer a destruir.
Durante un gran tiempo la JEP (Jurisdicción Especial para la Paz) ha estado en el epicentro de la discusión, y se sabe claramente que dicho mecanismo de justicia transicional es la columna del proceso de paz firmado con la ex guerrilla de las Farc, hoy partido político conocido con el nombre de “Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común”. Resulta entonces increíble creer que partidos cercanos al gobierno y de corrientes de derecha y extrema derecha intenten enterrar el proceso de paz que ha dejado cifras optimistas.
Además de ello es importante resaltar que cerca de 2.000 policías y militares, junto a una cantidad considerable de ex guerrilleros se han acogido al mecanismo. Enterrar el proceso de paz, es sobretodo un acto de violencia contra las víctimas, un desconocimiento de la historia, una barbarie que busca salvar a grandes genocidas. Este mecanismo judicial es un sistema integral complejo que busca la verdad, justicia y la reparación.
Inquieta profundamente que la expresión de la sociedad civil se quede quieta en su mayoría, cuando la estabilidad del país sujeta un fino hilo. Defender la paz debería ser el pan de cada día; en ella el futuro del país busca distintos horizontes. Pero no es así, son pocos los que ejercen el derecho a expresarse, a exigir un avance equitativo y no el cíclico retroceso desigual acostumbrado.
Es tan profundo el costumbrismo que nos quejamos de nuestros dirigentes todo el tiempo, pero cuando llegan las elecciones nada cambia. Hace falta una ciudadanía empoderada y objetiva. Una que dejé de llorar sobre lo derramado y empiece a decir por lo menos ¡Podemos cambiar esto!

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