Winston Morales Chavarro*
Poeta, novelista y docente universitario
Tuve noticias de Yezid Morales Ramírez en 1995, cuando obtuve una mención de honor en el Concurso Departamental de Poesía de la Organización Casa de Poesía. Ese concurso lo dirigía el poeta Pedro Licona en asocio con Carlos Héctor Gómez, director del programa de radio De regreso a casa. Yo trabajaba desde hacía un par de meses en la emisora Colosal Estéreo. Era mi quinta emisora, después de haber pasado por Huila Estéreo, Radioactiva- Caracol Neiva, Radio Súper Villavicencio y Radio Súper Neiva. En esos momentos mandé cinco poemas que había escrito entre canción y canción, durante mi turno de dos de la tarde a diez de la noche. Por las mañanas estudiaba Comunicación Social en la Universidad Surcolombiana -iba en primer semestre- y había llegado a ese acuerdo de turno con Mauricio Navarro, uno de los dueños de la emisora. Mauricio y Germán Navarro eran asiduos clientes de Sakkara, la discoteca de la cual yo era disyóquey unos meses atrás y cuyo dueño era Jhon Freddy Ciro.
Los poemas, que hablaban de la casa, fueron generosamente calificados por Pedro Licona y Yezid Morales, jurados del concurso. En 1995 yo no tenía amigos poetas. Bueno, digamos que tenía dos poetas conocidos: Luz Dary Torres Peña, en ese tiempo clienta de mi tía Betsabé Chavarro, quien tenía un local de joyería y relojería en el centro comercial Megacentro, uno de los primeros centros comerciales en la incipiente Neiva de los años ochenta. Gracias a mi tía y a ese local conocí a Luz Dary. Por otro lado, cuando trabajaba en Colosal Estéreo, tenía un oyente habitual: casi todas las tardes me llamaba pasadas las siete de la noche para pedirme una que otra canción. Me llamaba al número de la emisora. En esa época no teníamos teléfonos celulares, pese a que en la planta adjunta funcionaba Comcel, una de las primeras tiendas de teléfonos en la ya no tan incipiente ciudad. Ese oyente habitual me llamaba tipo siete u ocho de la noche a pedirme canciones de Nino Bravo, Adamo o Nicola Di Bari. Washington, agencia F -me decía al otro lado de la línea-, mientras yo me reía y entablaba una breve conversación con Diógenes Cadena, conocido en el mundo de la literatura y las comunicaciones como Albatros Moro. Albatros vendía poemas en hojas de bloc que él mismo imprimía con ciertas ilustraciones elaboradas por Helmut Soltau, mientras deambulaba por la ciudad en su bicicleta, a la cual él llamaba, si la memoria no me falla, La Calandria. Él mismo reconocía que a la bicicleta le sonaba hasta la pintura.
Un par de meses después, Albatros Moro, sin que yo lo supiera, habló con Félix María Quintero, y este, a su vez, habló con Enrique Díaz Escandón para que me contrataran en el Instituto de Cultura Popular de Neiva. Albatros les dijo que en la emisora había un muchacho que leía poemas y datos culturales en la radio comercial, y que él creía que yo haría un buen trabajo en la radio cultural de la ciudad. Al año exacto renuncié a Colosal Estéreo y comencé a trabajar con el municipio de Neiva. Albatros y Luz Dary eran los únicos poetas que yo conocía antes de conocer a Yezid Morales y a Pedro Licona.
Cuando gané esa pequeña mención -mi primer peldaño en el mundo de las letras-, esa misma noche fui a la entrega de los premios al recién construido Centro de Convenciones José Eustasio Rivera. En la velada conocí en persona a Yezid Morales, Pedro Licona, Heider Rojas, Jader Rivera, Esmir Garcés y Guillermo González Otálora. Luego de la entrega, la mayoría de los poetas festejados -y los que no- fueron a Buciraco, un afamado bailadero de salsa de la ciudad. Allí tuve mi primera crítica poética, en la voz generosa y objetiva de Yezid Morales. También escuché la orientación de Pedro Licona.
Esa noche de junio de 1995 comencé a dialogar y a caminar por las sendas de la literatura y la creación opita. Desde ese día fueron infaltables las visitas al despacho de Yezid Morales, cuando la biblioteca quedaba en el primer piso, a un costado de la Gobernación del Huila. Casi siempre veía allí a Pedro Licona, Miguel de León, Leo Cabrera, Gerardo Aldana, Fernando Torres Restrepo y Guillermo González. La emisora cultural del Huila quedaba al lado de la Biblioteca Departamental. El Conservatorio de Música, en el segundo piso, arriba de la biblioteca. En el sótano, los talleres de la imprenta departamental.
Una tarde, caminando y conversando con la poeta Luz Dary Torres, justo en la esquina de la carrera 5 con calle 6 -en frente de lo que era la sede del Banco de la República y diagonal al Banco de Bogotá-, tuve la suerte de conocer a Guillermo Martínez González y a Jorge Guebelly Ortega. Era 1995.
A partir de esa fecha, y pese a que yo enviaba desde mucho tiempo atrás textos y relatos al Diario del Huila, mi círculo literario comenzó a crecer. Iba sagradamente todos los lunes al periódico y entregaba en las manos de Fermín Segura o Delimiro Moreno dos cuartillas escritas a máquina: un relato o una columna de opinión que luego era publicada. Yo era entonces un jovencito, y ninguno de esos periodistas experimentados daba pie a la confianza o a la amistad, salvo la sonrisa abierta y sincera que a veces me regalaba un señor largo como una vara de premios: Rafael Bahamón Puentes. Fermín siempre fue muy serio, y Delimiro tampoco mostraba mucho interés. Muchos años después conocí mejor a Fermín Segura, Delimiro Moreno, Rafael Bahamon, Alejandro Saavedra y Hernando González -este último amigo mío después de saber que mi papá era su amigo de casi toda la vida-.
Los poetas me acogieron con mayor alegría y sinceridad que los periodistas. Supongo que porque con casi todos ellos era contemporáneo. Salvo Yezid Morales, Pedro Licona, Marcelino Triana, Jonathan de la Sierra, Antonio Correa Lozada, Benhur Sánchez Suárez y Guillermo Martínez González, todos los demás escritores eran de mi edad o un poco más adultos.
Yezid y Pedro, además de Guillermo Martínez González en Bogotá, fueron sustanciales para esos párvulos poetas que comenzaban a dar sus primeros pasos en el mundo de la poesía. Ademir Agudo había publicado Hechizo del verano (1994), y Jader Rivera Monje, Prosas elementales (1993). Del resto, todos éramos inéditos. Ni Esmir, ni Luz Dary ni yo habíamos publicado un libro.
Regresando a Yezid: siendo director de la biblioteca Olegario Rivera, solía ilustrarnos sobre las nuevas voces de la poesía continental, incluso mundial. Recuerdo que Esmir Garcés, quien en aquel entonces estudiaba Comunicación Social Comunitaria en la Unad de Neiva, salía de la biblioteca con una docena de libros entre las manos. Todos esos libros se los prestaba Yezid, que confiaba en nosotros más como poetas que como cualquier otra cosa. Era como si la condición de poetas nacientes e incipientes nos diera la licencia para entrar y sacar todos los libros que Yezid nos enumeraba y mostraba. Él era el maestro, pero también el amigo cómplice, el amigo que nunca mostró una cara de desagrado ante la llegada de esos poetas que más parecían cachorros de Border Collie. Y digo cachorros de Border Collie porque teníamos hambre de lectura, de aventuras, de poesía y de vida. Cachorros ansiosos ante la literatura.
Yezid, además de bibliotecario, era un pedagogo, pero no solo de literatura, sino también de filosofía, esoterismo, misticismo, pintura y creación.
Muchos años después, en compañía de Jader Rivera y Esmir Garcés, fundamos una especie de Club de lectura o tertulia: Los Absolutos, en honor a Hermes Trismegisto. Un profesor de literatura de la Universidad Surcolombiana nos llamaba, de manera despectiva, Los Trismegistos. Nosotros, a modo de burla quijotesca, nos defendíamos diciendo que éramos los tres veces más grandes, los tres veces más bellos y los tres veces más inteligentes. El profesor -teníamos una fuente de primera mano- sonreía con desgano y altivez.
En la tertulia estaba Yezid Morales. Siempre llegaba con una botella de vino, nunca con las manos vacías. La generosidad fue una de sus mejores virtudes. Nunca, que yo recuerde, dejaba de poner su parte de la cuenta, y a veces invitaba a la mesa completa. En ocasiones se sumaban Guillermo Martínez González (que residía en Bogotá), Betuel Bonilla, Heider Rojas, Phanor Satizabal, Marco Fabián Herrera, Iván Otálora, Fernando Charry González, entre otros.
El año pasado estuve de año sabático, y una de las tantas cosas que agradezco de ese año es que sirvió para compartir los últimos meses con mi amigo, mentor y maestro Yezid. A lo largo de mi vida he tenido tres grandes amigos y guías: Yezid Morales Ramírez, Guillermo Martínez González y Pedro Licona. De ellos solo nos queda Pedro. Guillermo se fue hace diez años, y acaba de seguirlo en ese periplo Yezid. Espero que Pedro nos dure unos cuantos lustros más. Afortunadamente, el Festival de Poesía de Neiva, bajo la batuta de Ana Patricia Collazos, le dedicó esta última versión, como poeta homenajeado, a Pedro Licona. Ojalá nos dure unos cuantos lustros más, repito.
Regresando a Yezid: debo decir que se parecía mucho a mi padre en su mirada y postura estoica frente a la vida. Creo que de ellos dos viene mi pasión por el estoicismo. Yezid, a quien yo molestaba diciéndole que yo era un hijo al que él no había reconocido, nunca fue un hombre de lujos o de arribismos enfermos. Se parecía a Marco Aurelio o a Séneca. De hecho, los tenía todo el tiempo en su boca. Creo que Meditaciones fue uno de sus libros predilectos, y por eso fuimos tan amigos: como padre e hijo. Yezo, como yo lo llamaba, me prestó, por allá en 1995 y 1996, cuando gané el mismo concurso que el año anterior había obtenido una mención, toda la enciclopedia esotérica de la biblioteca. Libros y más libros que hablaban de ocultismo, sociedades secretas, misticismo, los nueve rosacruces y religión antigua. No recuerdo quién le donó esa colección a la biblioteca, pero recuerdo que Yezid me lo dijo. Armando Cerón Castillo y yo éramos los lectores más asiduos de la colección Tabla de Esmeralda y de la Editorial Solar. Allí, gracias a Yezid y a Armando Cerón Castillo, tuve noticias de La Tabla Esmeralda de Hermes, El Necronomicón, Terapia Akáshica, El cordón de plata, Los misterios de las catedrales, entre muchos otros libros.
Yezid era un eremita y profesaba una vida ascética. Muchas veces lo vi caminar desde su casa en Santa Clara – Cámbulos hasta el Centro de Convenciones José Eustasio Rivera. Y lo hacía por contemplativo -otra costumbre que tenía mi papá-, por meditativo, por estoico. No es que le faltara dinero: era simple y llanamente su visión de la naturaleza, su amor por el paisaje y su amor por sus hijos -María Alejandra y Santiago-.
Además de poeta y pintor, fue discípulo de Christian Rosenkreuz, el Conde de Saint Germain, Giordano Bruno, Eliphas Lévi, Helena Blavatsky, Georges Gurdjieff y Cornelio Agrippa. Yezid era una biblioteca ambulante, un gran tótem en mitad de la aridez del Valle de las tristezas -o de las tristuras, como jocosamente él llamaba a la ciudad-. Yo le respondía con una de mis citas más sufridas: «Ni Valle de las tristezas ni tierra de las tristuras: simple y llanamente la Villa de los González». Los dos reíamos a carcajadas y luego, rápidamente, nos acicalábamos para que nadie notara nuestra descompostura. Todo el tiempo bromeábamos, y la mayoría de las veces lo hacíamos en público. Lidia, su esposa y madre de Santiago, fue una de mis primeras lectoras. Lo mismo que Yezid. Él siempre fue uno de mis primeros lectores. Es más, fue el primer lector de El oficio inútil, el libro que acabo de publicar con la Editorial de la Universidad Surcolombiana.
Sé que Yezid tuvo grandes amigos. Fue un hombre de grandes amigos, entre quienes puedo mencionar, de los más antiguos a los más recientes, a Leo Cabrera, Guillermo González, Pedro Licona, Antonio y Pompilio Iriarte, Mario Ayerbe -lo admiraba mucho-, Nubia Monje, Guillermo Martínez González, Rafael Chavarro, Mario Guzmán, Carlos Salas, Benhur Sánchez, los hermanos Pardo -Pablo, Jorge y Carlos Orlando-, Jader Rivera, Danny Montaña, Esmir Garcés, Betuel Bonilla, Heider Rojas y Marco Fabián Herrera. Espero que yo esté en esa lista interminable de amigos y de damnificados.
Por último, debo agregar que Yezid quería mucho a sus hermanos, sobre todo a su hermano el cura, Guillermo, de quien siempre habló con cariño y admiración; también a su hermano menor, Fabio -quien fue subgerente de Monsanto-, a su hermano Miguel y a su hermana Aura. Asimismo, sentía un gran afecto y gratitud hacia Elizabeth Fajardo, madre de su hija Alejandra y abnegada cuidadora durante los últimos años y meses de la vida de Yezid.
Buen viaje, amigo. Amigo del alma.
*Texto Leído por Alvaro Acosta del Club de Lectura Página Abierta en el Recital Poético en homenaje al escritor, poeta y artista huilense Yezid Morales








